REPORTAJE: Siete semanas de aventuras
Kamikazes y Submarinos
JACINTO ANTÓN 17/07/2010
Fui al Japón con el secreto deseo de visitar el museo de los kamikazes. Siempre me han interesado los pilotos suicidas nipones: si ya me parece valiente volar en avión, lo de despegar sabiendo con certeza que no vuelves y que vas a acabar estrellándote sobre un portaviones -o contra un torpedo lanzado por un submarino, como hizo asombrosamente el sargento Kiyu Ishikawa para impedir el hundimiento de un acorazado- lo considero la reoca. El museo está junto a Kagoshima, en la antigua base de Chiran, desde la que levantaban el vuelo los kamikazes que tomaron parte en la batalla de Okinawa, y en él se exponen, además de cartas de aviadores y otro emotivo material, varios aviones de uso por el Cuerpo de Ataque Especial (toma eufemismo), entre ellos uno de los famosos Zero. También hay una estatua de un piloto kamikaze que por lo visto se parece a mí. Es raro, pero también lo es que el alférez de 22 años Shinichi Ishimaru despegara para su última misión con un guante de béisbol y gritando "¡strike!", en vez de "¡banzai!". Me lo dijo, lo de la estatua, Xavier Moret, él sí consumado viajero, porque yo, les confieso, fui finalmente incapaz de llegar a Kagoshima. Y mira que estuve cerca.
En el Museo de los Túmulos DEcorados, en Kumamoto, encontré la espada de samurÁi, la gorra y las medallas del Teniente Matsuo, que Atacó Sidney en su sumergible enano
No las tenía todas conmigo en mi viaje al Japón. Claro que no ayudaba llevar de lectura El holocausto asiático, de Laurence Rees (Crítica), sobre los crímenes japoneses en la II Guerra Mundial, que se recrea en la práctica masiva del canibalismo por las desesper...

