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Ver último mensaje En la guarida del 'Zorro del Desierto'

Coincidiendo con el 75º aniversario de su derrota por los Aliados, se inaugura en Marsa Matruh un museo en el lugar desde el que el Erwin Rommel diseñó su conquista del Norte de África


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En los áridos arcenes de la carretera que conduce hasta su guarida ha florecido una interminable sucesión de carteles publicitarios. Los reclamos venden el futuro de cemento que amenaza a las hasta ahora aguas vírgenes de la costa mediterránea que bañan el horizonte cercano. Las urbanizaciones que empiezan a despuntar entre grúas y camiones han sido bautizadas con seductores nombres en inglés y español. Un paisaje en veloz transformación que acorrala la memoria de Erwin Rommel, el mariscal de campo alemán que dirigió el Afrika Korps y llegó a hacer sombra al mismísimo Adolf Hitler. Hasta que se le torció el destino, el Zorro del Desierto trazó sus golpes maestros en una cueva horadada durante época romana, en las entrañas de una colina pedregosa de Marsa Matruh, una ciudad plantada a 500 kilómetros al noroeste de El Cairo.

Ayer, cerca de una década después de su repentino cierre, las autoridades egipcias inauguraron con la fanfarria habitual una madriguera que guarda una cotizada colección de objetos personales del oficial nazi. "Es un acto lleno de simbolismo. Es un museo que ha permanecido cerrado durante diez años y queríamos reabrirlo cuando se cumplen 75 años de las batallas de Al Alamein".

Así habla a EL MUNDO Jaled al Anani, el ministro de Antigüedades, mientras una barahúnda de vecinos de este pueblo de antiguos nómadas se agolpa en los accesos de la gruta en busca de pasaje. A unos metros, montículo abajo, los chiringuitos ofrecen pescado fresco y los bañistas chapotean en la playa Rommel, en la misma orilla por la que una vez braceó el alemán. Familias enteras disfrutan de la canícula bajo un cielo límpido. La cavidad, desde la que se otea el puerto oriental de la villa, fue usada por los romanos como almacén de trigo, cebada y agua. Su ubicación permitía cargar con apremio las mercancías en los navíos que partían en dirección a todos los rincones del imperio. Una posición estratégica que Rommel desempolvó cuando en 1941 Hitler le envió al norte de África.

Próxima al campo de batalla y los muelles pero guarecida bajo un manto de piedra, la cueva se convirtió en plena II Guerra Mundial en el cuartel de operaciones de las tropas del Eje. El refugio desde donde Rommel despachaba por radio las órdenes tácticas, aferrado a una "línea de confianza" indescifrable para los británicos encargados de interceptar sus comunicaciones. El remozado museo ofrece una pequeña pero cuidada inmersión en un tiempo dominado por el ardor guerrero. "Es una exhibición muy bien organizada con vitrinas modernas y una perfecta identificación de los objetos", murmura Al Anani, acostumbrado a lidiar con el caos de estanterías polvorientas y leyendas extraviadas que reina en el museo de Antigüedades de la céntrica plaza cairota de Tahrir. En los pasillos de la cueva, las joyas de la exposición lo forman un puñado de pertenencias del mariscal de campo al que la propaganda de uno y otro bando elevaron a categoría de héroe.


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Cementerio alemán cercano a la guarida del 'Zorro del Desierto'. EL MUNDO



Una brújula, un teléfono, un largo abrigo de cuero color caqui, un casco, un arca de madera para guardar su ropa o una bandera con la esvástica nazi componen el botín que, junto a las fotografías en blanco y negro del oficial, Marsa Matruh expone en memoria del único militar del Tercer Reich que sobrevivió al ajuste de cuentas. "Los fondos proceden de la donación de la familia de Rommel, la policía local y los almacenes del ministerio de Antigüedades", esboza el ministro bajo el sol de justicia que cae en la falda de la colina. En el centro de la sala principal de la cueva, al final de un angosto pasillo, tres mapas dibujados por el general levantan acta de la pericia que fascinaba a sus enemigos. Los croquis corresponden al sitio de la villa libia de Tobruk, la primera batalla de El Alamein y las escaramuzas libradas en la bahía de Salum, fronteriza con Libia. Su lápiz registra los movimientos de sus tropas y las enemigas en un puzzle descifrable para expertos. "Mi padre era un buen matemático y, como matemático, estaba acostumbrado a poner en duda conceptos y puntos de vista", reconocería décadas después su único hijo Manfred, un popular político de la Unión Demócrata Cristiana que gobernó Stuttgart durante 22 años y falleció en 2013. "Sometía", agregaba, "sus propias acciones a su juicio crítico y consideraba que sólo mediante la autocrítica y la continua evaluación de experiencias se había convertido en un buen estratega y en un líder militar altamente cualificado".

En las ardientes tierras egipcias Rommel -catapultado luego por el cine y los videojuegos de tácticas militares- probó la gloria y el principio de su fin. En operaciones trufadas de movimientos de despiste, perfeccionó las lecciones que aprendió durante la I Guerra Mundial como oficial de infantería y forjó su leyenda de comandante agresivo, versátil, incansable y capaz de conocer al dedillo las flaquezas del rival. "Nos enfrentamos a un valiente y habilidoso oponente", clamó sin rubor Winston Churchill en un debate en el Parlamento británico. Una fama que se propagó entre la opinión pública del bando aliado. Hasta 1942, según la encuesta Gallup, los británicos le consideraban el militar más dotado de cuantos bregaban en las trincheras. En la oquedad de Marsa Matruh que transfiguró en su fortín, abandonada hasta 1977 y rehabilitada como museo dos décadas después, Rommel también recibió los reveses que, tras un encontronazo con el Führer, precipitaron su relevo en marzo de 1943. A las órdenes del mariscal inglés Bernard Law Montgomery, los escuadrones aliados frenaron en seco los avances del Zorro del Desierto hasta expulsarle de la cueva en la que había acariciado el desfile de sus adláteres hacia Alejandría y El Cairo.

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