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    Okinawa. La última gran batalla

    Okinawa. La última gran batalla

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Ver último mensaje Antony Beevor: «Hollywood falsea la segunda guerra mundial»

Hace 70 años, los bosques de las Ardenas fueron escenario de la batalla más sangrienta que hubo en el frente occidental de la segunda guerra mundial. Hitler utilizó el terror como arma para amedrentar al enemigo. Los aliados, sostiene el historiador, también.

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El historiador británico Anthony Beevor, el pasado martes, en Madrid.
(Entrevista publicada el DOMINGO, 21 DE JUNIO DEL 2015. Realizada por Juan Fernández)


A la desesperada, como quien plantea un último desafío al destino que le esperaba, Hitler lanzó un ataque feroz a finales de 1944 sobre los bosques nevados de las Ardenas, en Bélgica, para intentar darle la vuelta al curso de la guerra. Aquella batalla, ganada finalmente por los aliados, desató unos niveles de encarnizamiento jamás vistos en el frente occidental. El historiador británico Antony Beevor, considerado uno de los mayores expertos en la segunda guerra mundial, relata ahora a ras de suelo las historias con minúscula de esta gigantesca tragedia que costó la vida a más de 160.000 personas y puso en juego los peores instintos del ser humano en ambos bandos. En Ardenas 1944 (Crítica) hay buenos y malos en todas partes.

-Ha escrito obras sobre Stalingrado, el desembarco de Normandía, la caída de Berlín... ¿Por qué consideró la batalla de las Ardenas digna de un libro?

-Este combate fue el equivalente en Occidente del cerco de Stalingrado. Ambas son las batallas más brutales que se libraron en la guerra. Por las condiciones meteorológicas en las que se desataron, en el crudo invierno, y por el grado de atrocidad que se puso en juego. Ardenas trajo al oeste la crueldad que se había vivido en el frente oriental. De hecho, las Waffen SS pusieron en práctica las técnicas de terror que habían ensayado en suelo soviético.

-¿A qué respondía tamaño ensañamiento?

-Ante la superioridad aérea aliada, Hitler pensó que su única carta era usar el terror como arma de guerra para sembrar el pánico entre los soldados y desmoralizar al enemigo. Joachim Peiper, el coronel que dirigió a la primera división Panzer que avanzó sobre Bélgica, se dedicó a fusilar civiles desde el minuto uno. Antes, en el frente del Este, había comandado al batallón del soplete, conocido así porque prendía fuego a los pueblos por los que pasaba. Ese espíritu sanguinario no lo habíamos visto nunca en el frente occidental.

-¿Surtió efecto?

-No, porque Hitler volvió a cometer uno de sus tradicionales errores de cálculo. Esta vez subestimó a los soldados norteamericanos. Aunque muchos sí huyeron, otros resistieron en sus puestos y bloquearon el avance alemán, permitiendo a Eisenhower traer refuerzos y comenzar la reconquista. Hitler creía que el pánico causado por la crueldad extrema podía colapsar al enemigo, pero a veces el terror tiene el efecto contrario y estimula la resistencia.

-Estratégicamente, ¿la jugada de Hitler tenía sentido?

-Ninguno. De hecho, sus generales estaban en contra. El ataque de las Ardenas fue una fantasía construida sobre un mapa. El problema de Hitler fue que nunca pisó el frente. Dirigía la guerra moviendo fichas sobre un plano en su despacho, como si fuera un juego. Desde el punto de vista militar, sus decisiones eran desastrosas, y esto lo conocían los aliados. Por eso cancelaron la operación Foxley, destinada a asesinarle. Pensaban que ganarían la guerra más rápido teniendo a Hitler al frente del Ejército alemán.

-Su investigación pone el foco sobre un aspecto del que se ha hablado poco: en las Ardenas se cometieron crímenes de guerra en ambos bandos.

-En la reconquista, los norteamericanos llevaron a cabo fusilamientos de prisioneros y crímenes que luego no se quisieron reconocer. Respondían a la crueldad usada por los alemanes, pero no tenían justificación. Se mató a gente por venganza y otras veces por conveniencia, por no trasladar a los heridos. Nunca sabremos quiénes efectuaron más fusilamientos indiscriminados, si los alemanes o los americanos, pero ocurrió en ambos lados.

-¿Por qué Estados Unidos no ha reconocido nunca esos crímenes?

-En ese país se cultivó el mito de una participación limpia y bondadosa en la segunda guerra mundial. Tuvo que ver con el impacto que causó la experiencia de Vietnam, que quedó asumida como una guerra moralmente mala. Esto ha potenciado en la mentalidad norteamericana el deseo de ver la de Europa como una guerra buena. ¿Pero qué es una guerra buena? No creo que existan.

-¿No lo fue la librada por los aliados?

-Su meta era loable, sin duda. Se trataba de liberar a Europa de la ocupación nazi y, en ese sentido, sí fue una buena misión. Pero para lograrla, sus soldados cometieron multitud de actos abominables que no se han querido reconocer, ni siquiera investigar. Es una pena que los historiadores norteamericanos sigan dejándose llevar por ese mito y no hayan querido hurgar en las zonas más oscuras de la participación de su Ejército en la guerra, que las hubo.

-Menos aún lo han hecho las producciones bélicas de Hollywood.

-Las películas de Hollywood y la realidad de la guerra son completamente incompatibles. El cine norteamericano solo busca contar historias a partir de arquetipos sin matices. El héroe, el cobarde, el malo, el bueno... Pero su respeto a la verdad de los hechos es nulo.

-¿Es imposible encontrar una película bélica que sea rigurosa en términos históricos?

-Podría nombrarle un par de títulos aceptables: La batalla de Argel, producción italoargelina de 1966, y Cartas desde Iwo Jima, de Clint Eastwood. Pero Hollywood nunca estuvo interesado en hacer películas sobre la segunda guerra mundial que fueran fieles a la realidad. Lo curioso es que esa industria detectó hace tiempo una demanda del público por ser entretenido y educado a la vez y, para atenderlo, se dedicó a vender sus películas como si estuvieran basadas en hechos reales, cuando en verdad no era así. Hollywood falsea la historia descaradamente.

-Pero el público toma esos relatos como ciertos.

-Vivimos en una era posliteraria. Ahora, la imagen en movimiento es la reina y el conocimiento sobre nuestro pasado es adquirido, mayoritariamente, a través del cine y la tele. Hollywood emplea el argumento falso de que con estas películas hace una labor didáctica, pero no es cierto. Lo terrible es la capacidad de la gente para creerse cualquier cosa. Cuando salió el libro El código Da Vinci, una agencia hizo una encuesta en Gran Bretaña y descubrió que la mitad del país creía firmemente que la historia del libro era cierta.

-Imagine cuando salió la película.

-Nunca olvidaré lo que oí en el cine. Mi mujer y yo nos resistíamos a ver la cinta, pero finalmente accedimos a acompañar a nuestra hija. Recuerdo que a nuestro lado había una pareja y al acabar la película, él se levantó y le dijo a su acompañante: «La verdad es que te hace pensar». Yo quería ponerme a gritar. Como historiador, todo esto es muy deprimente.

-Sus libros suelen combinar el relato de los acontecimientos con la narración de testimonios humanos. ¿Es la mejor manera de contar la historia?

-Creo que sí, desde arriba y desde abajo. En mi caso, haber sido novelista antes de historiador me ha influido a la hora de construir mis libros. Me gusta que los relatos sean visuales, que el lector pueda imaginar los escenarios. Solo así se puede hacer comprensible a las generaciones jóvenes, nacidas en la era posmilitar, los horrores de una guerra que tuvo lugar aquí mismo hace apenas 70 años.

-Algunos detalles son especialmente sangrientos y duros. ¿Dónde pone la raya de lo que puede contarse y lo que es mejor silenciar?

-Es muy difícil. En mi libro sobre la caída de Berlín tuve muy en cuenta este detalle porque había crueldades que costaba contar, como suicidios de niños y mujeres y violaciones salvajes que podían constituir pura pornografía bélica. Por eso procuro contar con la opinión de otras personas. Mi principal consejera es mi mujer, que es quien primero lee lo que escribo.

-¿La batalla de las Ardenas contiene alguna reflexión útil para la actualidad?

-En Europa existe la tendencia a creer que solo la integración en la Unión Europea puede librarnos de otra gran guerra. Creo que no es cierto. Lo único que nos previene de la guerra en Europa es la democracia, porque un régimen democrático nunca luchará contra otro igual. Pero forzar la integración puede tener el efecto contrario. El rebrote del nacionalismo vivido últimamente en países como Francia, Finlandia o Hungría lo demuestra. En cualquier caso, la Europa de 1944 y la de ahora, por fortuna, no tienen nada que ver.


Fuente de la Entrevista:
elPeriódico

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