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    Supervivencia al cautiverio soviético: canibalismo

    Febrero de 1943. La Batalla de Stalingrado había terminado con la capitulación del VI ejército alemán. El Alto Mando del III Reich y los ciudadanos alemanes eran incapaces de averiguar cómo les había ido al Mariscal Von Paulus y a sus soldados en manos de los soviéticos. En aquel momento, el mariscal de campo y sus generales vivían en un cuartel general relativamente confortable, cerca de Moscú. Pero los hombres del VI ejército que Paulus creía que tenían garantizado el alimento y cuidados médicos, en realidad estaban muriendo en gran número en las heladas estepas. (Seguir leyendo...)



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"Moorhouse documenta en un libro todos los atentados y conspiraciones que intentaron, sin éxito, acabar con la vida de Hitler"

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Las tuberías se habían atascado hacía tiempo, el olor era nauseabundo, los motores de ventilación repetían su monótona cacofonía, el aire se espesaba hasta casi hacerse sólido, estamos en el búnker de la Cancillería en Berlín, una ciudad destruida por los bombardeos, una ciudad fantasma. Las dos plantas del refugio eran el escenario de una tragedia anunciada pero que se bañaba de champán, caviar y bailes; hasta se fumaba, cosa imposible de imaginar hasta hacía poco. Hitler, tembloroso, con los ojos glaucos, pasaba por las habitaciones de hormigón y humedad sin que nadie le hiciera caso, se iba apoyando en los muebles, ido, un anciano decrépito.

Ataques desde dentro

Albert Speer fue el arquitecto todopoderoso, el que iba a llenar las ciudades alemanas de edificios que harían palidecer al mundo clásico, el creador de Germania, el nuevo Berlín, el Ministro de Armamento que consiguió el milagro de que la producción no cayera ni en los peores momentos, el más querido por el dictador, se ha llegado a escribir que Hitler sentía una clara atracción erótica por este personaje apuesto y encantador de serpientes; pues bien, hasta Speer, según confesó este a Joachim Fest en 'Conversaciones con Albert Speer', editada por Destino, pensó en lanzar gas por el respiradero del búnker y acabar de una vez con el que fue su amigo; hasta aquí llegaron las conspiraciones; claro está que yo no me creo una palabra; Speer era un hipócrita redomado que aspiraba a suceder al Führer y que tuvo una habilidad extraordinaria para que no lo mandaran a la horca después de la guerra, se conformó con veinte años de cárcel.

Eva mordió la cápsula de cianuro y se retorció entre espasmos, Hitler se aseguró de que había muerto y apoyó la pistola en la sien derecha y apretó el gatillo. Ninguno de los atentados había tenido éxito y no sería porque a lo largo del tiempo no lo habían intentado, todos, los ingleses, la resistencia de los países ocupados, los alemanes; al final, el camino del suicidio. Hitler deseaba ser enterrado en Linz, junto a su madre, en la parte superior de una torre de más de cien metros. No hay que ser psicoanalista para comprender la simplicidad de los símbolos y de su mensaje.

El libro de Moorhouse narra los atentados y conspiraciones contra el dictador en la línea temporal de su vida y de la guerra; esta estructura es muy útil porque permite al lector situar hechos que parecen inverosímiles en el marco general. Las historias que se narran tienen una fuerza extraordinaria y algunas mueven al asombro.

Maurice Bavaud, suizo, de un catolicismo fanático, decidió acabar con Hitler. El 9 de noviembre de 1938 estaba en Munich, en la primera fila de una gradería delante de la que iba a pasar el objetivo. Se celebraba, como todos los años, el aniversario del fallido golpe de estado que protagonizó el dictador. Bavaud tenía escondida una pistola debajo del abrigo; cuando llegó el momento, la gente empezó a vitorear y a levantar los brazos, no pudo apuntar. Lo cogieron porque intentaba viajar sin billete; registraron sus pertenencias y encontraron pruebas que lo llevaron a juicio. Fue guillotinado.

Como se ha dicho, todos los años se celebraba en Munich el aniversario del golpe de estado, se hacía con un acto en la famosa cervecería, un desfile y un homenaje a los primeros nazis caídos. La cervecería tenía capacidad para más de tres mil personas. Georg Elser tramó un plan que consistía en colocar una gran cantidad de explosivos en una de las columnas que estaban al lado del atril desde el que Hitler iba a hablar. Todas las noches iba a cenar al establecimiento y se escondía para hacer el hueco en la piedra donde depositaría la bomba. Durante semanas se arriesgó y todo fue bien; el 8 de noviembre de 1939 el Führer iniciaba su parlamento atacando a Inglaterra, causa de todos los males; el orador deseaba volver pronto a Berlín y salió de la cervecería antes de lo previsto. La bomba estalló a su hora y causó 8 muertos y 62 heridos, cinco muy graves. Elser fue apresado en la frontera suiza y se le encontraron suficientes pruebas en los bolsillos. Se le acusó de ser un agente británico, fue torturado por el mismo Himmler y le pegaron un tiro en la nuca en 1945.

Temeridad y cobardía

Hitler era una extraña mezcla de temeridad y cobardía, los sistemas de seguridad que se fueron desarrollando para protegerlo eran cada vez más complicados pero siempre había lagunas y huecos; además, viajaba mucho, en tren y en avión; precisamente uno de los atentados fue poner explosivos como si fueran botellas de Cointreau y entregarlo en el aparato; por desgracia, falló un contacto, de lo contrario hubiera estallado en el aire. El atentado de Claus von Stauffenberg y su maletín es el más conocido y no es necesario comentarlo pero quedan otros que deberá descubrir el lector avisado.


Fuente: Diario Sur

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