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Ver último mensaje Saint-Exupéry, entre el avión y la escritura

Al cumplirse 70 años de la muerte del piloto y escritor de El Principito, las celebraciones incluyen una edición española con sus acuarelas originales y, en México, una biografía ilustrada de la vida del escritor.


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En pleno inicio de la era de la aviación, un inquieto niño de familia aristocrática de Lyon (Francia) se propuso construir una máquina voladora. Así que un buen día de principios del siglo XX le amarró a su bicicleta unas varas de mimbre y unas sábanas. Se subió a ella y empezó a pedalear como desesperado. Cuando el viento hizo que las sábanas parecieran unas auténticas alas, el niño pensó que comenzaría a elevarse. Pero lo que ocurrió fue que, literalmente, se estrelló contra la realidad: no se despegó del suelo ni un solo centímetro.

Sin olvidarse de su objetivo, dejó pasar un tiempo y otro día, en medio de unas vacaciones de verano, vislumbró su gran oportunidad. Le dijo a un piloto, amigo de sus padres, que le permitiera subirse con él a un aeroplano. “Mamá me dio permiso”, le mintió para terminar de convencerlo. Cuando el aparato, en lo alto, atravesaba el aire, el niño experimentó tal sensación que se propuso jamás dejar de sentirla. Pasó el tiempo, estalló la Primera Guerra Mundial y, cuando ésta terminó, en 1918, se fue a París para estudiar arquitectura, mientras trabajaba como extra en funciones de ópera, como encargado de una fábrica de ladrillos o como vendedor de camiones, pues el dinero de su familia se había esfumado. Tener que ganarse la vida así dificultaba su éxito en los estudios. Por eso abandonó la Facultad. Por eso y porque le entusiasmaba cumplir con el servicio militar. Se alistó en la Fuerza Aérea y, en dos años, obtuvo el grado de alférez y la licencia de piloto militar. A bordo de un avión pasaría etapas llenas de emoción y, también, el último día de su vida.

Hace ahora 70 años, en plena Segunda Guerra Mundial, Antonie de Saint-Exupéry pilotaba un Lightning P-38 cumpliendo una misión de reconocimiento sobre las posiciones alemanas en el este de Lyon, cuando un misil derribó su aparato. Para entonces, Saint-Exupéry ya había escrito sendos libros con la aviación como trasfondo (Correo del sur y Vuelo nocturno) y un cuento-parábola que lo catapultó al Olimpo literario: El Principito.

Este aviador-escritor había sufrido antes algunos accidentes en sus múltiples viajes. El más grave fue el día que se estrelló en el desierto de Libia. Pero solía decirle a su esposa, la escritora salvadoreña Consuelo Suncín, que si un día le pasaba algo, sería cosa de él y de nadie más. A Consuelo (ex de José Vasconcelos, por cierto) la conoció gracias a un amigo de ambos en 1930. Apenas la vio, Saint-Exupéry le dijo sin rodeos: “¡Usted se viene conmigo para ver el Río de la Plata desde las nubes! Ahí la puesta de sol se ve como no puede verse desde ningún otro sitio”. Se fueron, cómo no, y durante el vuelo el aviador soltó el volante mientras volteaba a verla a ella: “Lo volveré a agarrar sólo si me besas”, la retó.

La pareja se casó en abril de 1931, pero la familia del intrépido escritor nunca aceptó esa relación. ¡Cómo se atrevía a casarse con una mujer extranjera y divorciada!, le reprochaban una y otra vez su madre y sus hermanos. El biógrafo Paul Webster cuenta en su libro Antonine de Saint-Exupéry: la vida y la muerte de El Principito que la denigración jamás disminuyó. “Un miembro de la familia Saint-Exupéry”, dice el que fuera corresponsal del diario inglés The Guardian en Francia, “me dijo que casarse con una extranjera era considerado peor que casarse con una judía, lo cual resumía la posición monárquica, antisemita y ferozmente xenófoba de esta familia”. Además de eso, en el matrimonio Saint-Exupéry-Suncín hubo constantes celos, malos tratos, infidelidades y falta de dinero que, en muchas ocasiones, los llevó a estar a punto de divorciarse. Cada tormentosa discusión, sin embargo, terminaba con una apasionada reconciliación.

Cuando en 1941 los nazis ocuparon Francia y Charles de Gaulle lo acusó de simpatizar con los alemanes, Saint-Exupéry se fue a Nueva York muy dolido. Ahí, con una pluma fuente, una taza de café a mano y un cigarrillo en la boca, pasó varios días y noches escribiendo la historia del niño que llegó del asteroide B-612 (y dibujándola en acuarelas) que, pronto, se convertiría en mucho más que un cuento infantil, pues en El Principito hay una sucesión de reflexiones filosóficas sobre el amor, la amistad, la tolerancia y la ecología.

El libro se publicó en abril de 1943 y, a la fecha, ha vendido más de 145 millones de ejemplares en todo el mundo. Saint-Exupéry se inspiró en su esposa y en el país de origen de ella para recrear el entorno del pequeño príncipe: la rosa es doña Consuelo, siempre de salud delicada debido al asma que sufría y, los tres volcanes y sus alrededores, son los de El Salvador. La editorial Salamandra ha publicado en España una edición conmemorativa de la obra en donde, además del texto íntegro de El Principito, se cuenta su historia editorial ilustrada con las portadas de sus primeras ediciones, los comentarios de la recepción inicial de la obra en Estados Unidos y en Francia y las acuarelas originales del autor. El manuscrito original fue expuesto de enero a abril de este año en el Museo Biblioteca Morgan de Nueva York y el dibujante checo Peter Sís realizó El piloto y El Principito, un recorrido biográfico ilustrado que Sexto Piso ha publicado en español.

Peter Sís cuenta, por ejemplo, que mientras Saint-Exupéry volaba, solía leer y escribir (“su cabina estaba repleta de hojas de papel hechas bola”), que le gustaba jugar ajedrez, hacer aviones de papel y deleitar a sus amigos con trucos de magia. Y que casi no cabía en la cabina porque medía 1.88. Dos años después de la muerte de su marido, Consuelo Suncín lo describió en sus memorias como “un gigantón de andares torpes que escondía un alma sensible, nunca deshacía el nudo de sus corbatas, perdía sus zapatos por la habitación y exigía que le ayudaran a buscarlos”.

En 1998, un pescador de la costa de Marsella encontró en sus redes una pulsera con el nombre del escritor y su esposa grabados. Esa fue la pista que permitió localizar después los restos de la aeronave. El 31 de julio de 1944, el piloto alemán Horst Rippert fue el que derribó el avión de Saint-Exupéry, pero la vida de este aviador francés no ha dejado de estar presente en la imaginación de millones de personas que la comparan con la de aquel extraño y fascinante niño rubio con bufanda.





Fuente integra de la noticia: http://www.milenio.com/cultura/El_Princ ... 64630.html

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