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Mexicanos en la Segunda Guerra Mundial

Estudios de la Segunda Guerra Mundial

Moderador: Erwin Rommel


Mexicanos en la Segunda Guerra Mundial

Notapor Alcazar » 25 Ene 2008, 15:35

Las Infanterías Invisibles: Mexicanos en la Segunda Guerra Mundial


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El siguiente trabajo pertenece a Enrique Plasencia de la Parra de la Universidad Nacional Autónoma de México y a mi entender es uno de los estudios más completos sobre un tema tan olvidado.

INDICE:

  1. ANTECEDENTES.
  2. LOS CHICANOS* ANTES DE LA GUERRA.
  3. EL EFECTO PEARL HARBOR.
  4. EL EFECTO “POTRERO DEL LLANO”.
  5. RECLUTAMIENTO.
  6. RECLUTAMIENTO: “RECIPROCIDAD” Y TRASLADOS.
  7. EL PACHUCO VA A LA GUERRA.
  8. LAS INFANTERÍAS INVISIBLES.
  9. VISIONES CHICANAS DE LA GUERRA.
  10. EL REGRESO: GOLDEN GATE Y BLUE MOON.
  11. CONCLUSIÓN.
  12. FUENTE TEXTO Y FOTOS.




1. ANTECEDENTES


El 26 de Mayo de 1943, la Séptima División de Infantería del Ejército Estadounidense intentaba desembarcar en Attu, Isla del archipiélago de las Aleutianas, en el Mar de Bering. Era un día frío, con niebla; el fuego de la artillería japonesa impedía el avance. El soldado José P. Martínez tomó la decisión de iniciarlo, actitud que fue seguida por sus compañeros. A pesar de esto, Martínez puso fuera de combate dos nidos de ametralladoras, atrajo el fuego japonés, pero a costa de su vida; sus compañeros obtuvieron así mejores posiciones. Pocos días después la isla era recuperada. Martínez recibió póstumamente la Medalla de Honor del Congreso, la máxima condecoración que puede obtenerse en el ejército estadounidense. Era la primera que recibía un “mexicano-americano” (así se conocía a residentes o ciudadanos estadounidenses de origen mexicano). José Martínez provenía de una familia de Taos, Nuevo México, con varias generaciones de residir en esa entidad. Su caso no sería el único, pues a lo largo de la segunda guerra mundial muchos mexicano-americanos se distinguirían en la lucha.

Pocos días después, en Los Ángeles, se dio el llamado “Motín de los Pachucos”, que en realidad fue un ataque de soldados estadounidenses contra jóvenes que, por su forma de vestir, extravagante para la época, eran fácilmente identificables. Se relacionaba a los Pachucos con mexicanos, a pesar de que jóvenes de distinto origen étnico seguían la misma moda. También se les acusaba de todo tipo de delitos. El manejo que una parte de la prensa (la cadena de William Randolph Hearst) hizo de este incidente y la campaña negativa que lo precedió, llevaron a muchos a concluir que los mexicano-americanos causaban disturbios cuando el país más necesitaba la paz interna. Esa culpa inducida sentía el soldado Frank Lares en una Base en Alaska, cuando sus compañeros le recriminaban el comportamiento de sus paisanos en California. Al conocerse las hazañas de José Martínez los cuestionamientos terminaron, y más tarde se conoció la manipulación que la prensa había hecho del incidente. Ambos hechos, coincidentes en lo temporal, muestran realidades contrastantes sobre los mexicanos en Estados Unidos. El primero me interesa resaltarlo no tanto por el valor extraordinario de Martínez, sino más bien por el hecho de que actos como el suyo se soslayaran en la mayoría de las versiones oficiales sobre la participación estadounidense en la segunda guerra. Era finalmente otra forma de mantener en el subsuelo a esta minoría étnica, como si fueran invisibles. El segundo es un buen ejemplo de cómo se sacaba a la luz al mexicano, de cuándo dejaba de ser invisible: participando en asaltos, motines y riñas callejeras. En este artículo pretendo analizar la actuación de chicanos y mexicanos en la guerra. Intento saber qué tan importante fue, en qué condiciones se dio, qué papel sostuvieron los gobiernos de México y Estados Unidos ante esta participación; también cómo fue percibida por los veteranos que participaron, cómo cambió su vida, y en forma más general de qué modo afectó a la comunidad mexicana en ese país al terminar el conflicto bélico.




2. LOS CHICANOS ANTES DE LA GUERRA


Históricamente, la emigración a Estados Unidos se ha dado por la diferencia en la productividad agrícola en ambos países, así como por la disparidad de salarios. En áreas rurales, pero también en urbanas y suburbanas, la migración ha pesado por la subsistencia, y por la búsqueda de un nivel de vida por encima de esa subsistencia. En el periodo de 1910-1930 los mexicanos que buscaron la frontera creció enormemente, debido a los trastornos causados por la Revolución, pero también por el auge económico que había en el suroeste estadounidense (para los estudiosos de ese país, el suroeste comprende los estados de Texas, Nuevo México, Arizona y California). Se calcula que en ese periodo cruzaron la frontera 1.000.000 de mexicanos. En 1924 el gobierno restringió la migración, estableciendo el sistema de cuotas, que consistía en otorgar un número predeterminado de visas a ciudadanos de distintos países, aunque hubo excepciones. Una de ellas fue para los mexicanos, pues la mano de obra barata y abundante se consideraba indispensable para el desarrollo económico. A pesar de ello, en la década de los veinte se oía con frecuencia el discurso sobre la inferioridad racial del mexicano, y el eterno argumento de que quitaban puestos de trabajo a la población blanca. La gran depresión, que estalló en 1929, acentuó la estridencia de ese discurso, y la crisis estrechaba el mercado laboral, tanto para los nuevos inmigrantes como para los ya establecidos.

La campaña anti-mexicana y la crisis favorecieron la deportación masiva de aproximadamente 500.000 personas en los primeros años de la depresión. Las nuevas disposiciones migratorias, la creación de la policía fronteriza y la deportación masiva de los treinta cambió la percepción del hecho, antes sencillo, de pasar la frontera, convirtiéndolo en toda una odisea y en un trauma para quien lo intentaba. Por eso en la literatura chicana aparece con frecuencia el río Bravo como metáfora de la gran herida abierta entre ambos países. También en el emigrante comenzaba a pesar más la categoría de ser legal o ilegal. Éste era el escenario, y éstos eran los antecedentes de miles de mexicanos que participaron en la segunda guerra. Un buen número de ellos eran hijos de esta oleada que salió del país en los años revolucionarios.




3. EL EFECTO PEARL HARBOR


Aunque el estadounidense medio era profundamente aislacionista, el desarrollo del conflicto iniciado en Europa en 1939 cambió sensiblemente la percepción de cuál debería ser el papel de Estados Unidos. Sobre todo pesó la rápida capitulación de Francia y el peligro de que Inglaterra la siguiera en poco tiempo. En el verano de 1941 una encuesta mostraba que 85% creía que el país se vería arrastrado a la guerra; 68% consideraba más importante derrotar a Alemania que mantener la neutralidad. El presidente Franklin D. Roosevelt era partidario de la intervención; en 1940 impuso el servicio militar y comenzó un programa de rearme y modernización del ejército, el cual era sumamente pequeño e incapaz para campañas extensas fuera del país. El 7 de diciembre de 1941 la fuerza aérea japonesa atacó por sorpresa la base estadounidense de Pearl Harbor (en la isla hawaiana de Oahu), destruyendo gran parte de su armada. El ataque sirvió a Roosevelt para galvanizar el apoyo de todo el país en una guerra total contra las potencias del Eje. El llamado presidencial tuvo una respuesta formidable entre la población en general, así como en los medios políticos y de los negocios. Estaba mal visto ser joven y no portar uniforme, sinónimo de no estar participando en ese gran esfuerzo. En los testimonios de los veteranos chicanos, gran parte hace referencia a ese 7 de diciembre; a muchos los motivó para inscribirse como voluntarios. El crecimiento de la industria bélica logró algo que las políticas del New Deal no habían podido alcanzar: el pleno empleo. Pero en perjuicio de asuntos en que la sociedad era particularmente sensible, como el máximo de horas de trabajo permitido y la cancelación del uso de huelgas; se entendía que el tema de la seguridad social era una asignatura pendiente para después del conflicto.

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Lázaro Cárdenas del Río


Cuando éste finalizó, en Gran Bretaña se puso en práctica un plan de seguridad social que cubría todas las etapas de la vida del ciudadano, y ese plan influyó en el resto del mundo occidental. Pesaba política y moralmente no destinar recursos para programas de seguridad social cuando la totalidad del país había participado en un esfuerzo gigantesco. Además, existía el precedente benéfico que había tenido el gasto deficitario en los años del New Deal y de la economía de guerra. Aunque muy lejos del plan británico, Estados Unidos creó un programa muy atractivo para los ex combatientes: la Ley de Reincorporación de los Veteranos de Guerra (conocida como G.I. Bill of Rights). Los veteranos tenían derecho a una cantidad por un periodo de readaptación, así como a préstamos para vivienda o negocios, becas y pensiones alimentarias para los que decidieran acabar sus estudios o iniciar una carrera. Entre 1945-1952 el gobierno invirtió 13.500.000.000 de dólares tan sólo en las becas que beneficiaron a 8.000.000 de veteranos.




4. EL EFECTO “POTRERO DEL LLANO”


En el terreno diplomático el presidente Roosevelt también se preparaba para la guerra. La debilidad de los países de Iberoamérica era una preocupación en las esferas militares estadounidenses. De ahí la necesidad de una colaboración para la defensa de todo el continente. En la Conferencia de La Habana de julio de 1940 se adoptó la Convención de Asistencia Recíproca, la cual establecía que cualquier amenaza a la integridad territorial de un Estado americano por parte de un poder extracontinental debería ser considerado un acto de agresión a los demás. El gobierno de Lázaro Cárdenas firmó la Convención y estuvo dispuesto a colaborar con Estados Unidos en la defensa del continente, pero se negó a que nuestros vecinos establecieran bases militares en suelo mexicano. La costa oeste se consideraba la más susceptible de un ataque, por eso se pedían bases en Baja California. Ante la retórica de la defensa continental el gobierno cardenista enfatizaba la de la soberanía nacional, por convicción nacionalista, sí, pero más por el interés que la coyuntura ofrecía para llegar a acuerdos hasta entonces utópicos:

1) Un acuerdo en el monto de la indemnización de las compañías petroleras favorable a México.
2) Terminar con el boicot al petróleo mexicano (impuesto después de la expropiación).
3) Apoyo para la modernización del país.
4) Restablecer la compra de plata mexicana por parte del gobierno estadounidense.
5) Que éste negara su apoyo a una eventual rebelión del candidato opositor, Juan Andrew Almazán.

Algunos de estos objetivos se alcanzarían hasta la siguiente administración, pero las bases ya habían sido puestas. En otras palabras, estaban interesados en asuntos multilaterales, la defensa hemisférica, y México en cuestiones bilaterales. El nuevo presidente (Manuel Ávila Camacho) heredó la postura antifascista del cardenismo, que había condenado las invasiones contra varios países (Etiopía, Austria, Checoslovaquia y Polonia) por parte de Mussolini y Hitler, además de apoyar a los republicanos españoles. Ávila Camacho rompió relaciones con las potencias del Eje e incautó barcos de esas naciones anclados en puertos mexicanos. A pesar de todo esto, el gobierno mexicano se asumía como neutral en el conflicto bélico. A raíz de Pearl Harbor, la presión por las bases militares fue mayor, ya que los estadounidenses temían un ataque japonés utilizando territorio mexicano. La respuesta del gobierno fue nombrar a Cárdenas comandante de la Región del Pacífico; debido al nacionalismo a ultranza del discurso cardenista, la medida era un mensaje unívoco sobre el tema de las bases. Finalmente, debido al desarrollo del conflicto, para fines de 1942 un ataque japonés dejaba de ser un peligro real y por tanto, la necesidad de bases en Baja California.

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Manuel Ávila Camacho


La neutralidad terminó con el hundimiento del “Potrero del Llano”, buque petrolero con bandera mexicana, en mayo de 1942. El gobierno mexicano declaró la existencia de un “estado de guerra” con las potencias del Eje. Más que una respuesta favorable e inmediata de la población, los mexicanos vieron la declaración y la colaboración con el vecino del norte con enorme suspicacia. Era un rumor bastante aceptado creer que habían sido ellos los que habían hundido el buque mexicano y no un submarino alemán, para así terminar con la neutralidad mexicana. El semanario Tiempo publicó un sondeo con la pregunta: “¿Debía México participar en la guerra?”, se oponía 59.3%, mientras que 40.7% estaba a favor. Esto fue cambiando poco a poco, gracias a campañas propagandísticas muy amplias en favor de la guerra y contra el fascismo, además del control ejercido sobre los medios de comunicación, sobre todo la radio y el cine, como lo ha mostrado el estudio de Ortiz Garza. También influyó en la propaganda el gobierno estadounidense por medio de compañías como Colgate, Coca- Cola y otras, que vendían sus productos, pero también los ideales que eran banderas de los aliados, como la democracia y la libertad. En el ámbito político, tanto la derecha del Partido Acción Nacional, como la izquierda —desde la CTM de Lombardo Toledano hasta el partido Comunista—, dieron su apoyo al presidente. La izquierda mexicana había cambiado radicalmente su postura después de que Hitler rompió el pacto germano-soviético al invadir Rusia en 1941.

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El Petrolero Mexicano SS Potrero del Llano envuelto en llamas, después de ser torpedeado por el U-564 el 13 de mayo de 1942


Fue a raíz de este hecho que se conformó la alianza llamada Naciones Unidas, formada en un principio por la URSS, Gran Bretaña y Estados Unidos, y a la que se fueron adhiriendo una gran cantidad de países. En la población existía el temor de una leva generalizada, de ahí que el discurso oficial hablara de “una guerra militarmente defensiva y económicamente ofensiva”, defensa del continente y “batalla por la producción”. Pero esto no tranquilizó a la gente, ya que en agosto se puso en vigor el servicio militar obligatorio que hacía posible, a pesar de las reiteradas negativas del gobierno, que los conscriptos fueran enviados a los distintos escenarios del conflicto. Aunque el servicio militar sirvió a largo plazo para mejor interrelación entre el ejército y la sociedad, en ese momento, por la psicosis de la guerra y las deficiencias y la corrupción en su implementación, fue visto como una imposición innecesaria. Un año después la revista Tiempo daba a conocer otra encuesta, donde 81% estaba en favor de la entrada de México en la guerra. Hoy, uno de los semanarios más influyentes de la época, preguntaba si el país debía participar militarmente sólo en caso de ser atacado o debía hacerlo de inmediato: 48.5% de los encuestados prefería la primera opción, mientras que 30.4% la segunda. Si bien en la sociedad existía fuerte simpatía por los alemanes, debida en gran parte, al fuerte sentimiento antiyanqui, esto comenzaba a cambiar. Los nombramientos de Cárdenas —comandante de la Región del Pacífico primero y secretario de la Defensa después— son ejemplos paradigmáticos de la ambivalencia de la relación con nuestros vecinos. Por un lado existía una alianza para la guerra, traducida en intercambio de productos con bajos aranceles que benefició a ambas economías; en el funcionamiento de una Comisión México-Estados Unidos de Defensa Conjunta para resolver los asuntos militares; en el intercambio de visitas de ambos presidentes (Monterrey y Corpus Christi, ambas en 1943); en el establecimiento de un programa de trabajadores temporales (braceros). Pero por otro existía el temor a involucrarse demasiado, a depender demasiado de ellos, a tener que ir a la guerra con ellos.




5. RECLUTAMIENTO


La entrada de México a la guerra hizo posible el reclutamiento de mexicanos en Estados Unidos por medio de la Ley de Preparación y Servicio Militar Selectivos de ese país (reformada en diciembre de 1941); obligaba a los ciudadanos estadounidenses, pero también a los “residentes en territorio de la Unión Americana, nacionales de países cobeligerantes, la obligación de prestar sus servicios en el Ejército”. Como antes de mayo de 1942 México no era cobeligerante, sino neutral, la Secretaría de Relaciones Exteriores pudo proteger a los jóvenes de origen mexicano llamados a filas (excepto a los que ya eran ciudadanos estadounidenses). Hay que precisar que jurídicamente los mexicanos nacidos en Estados Unidos tenían lo que se conoce como “nacionalidad doble”, la estadounidense por nacimiento, y la mexicana porque cualquiera de sus padres fuesen mexicanos. En estos casos la “nacionalidad doble” se da de facto, ya sea por asimetrías legales entre naciones o por lagunas jurídicas, pero en el entendido de que cada país reconoce la suya mas no la ajena; se puede disfrutar de una o de otra nacionalidad, pero no al unísono, cuando menos no con la aquiescencia de los dos países. La nacionalidad mexicana se perdía, entre otros motivos, al adquirir voluntariamente una nacionalidad extranjera. La ciudadanía mexicana se perdía, entre otras razones, al prestar servicios militares a un ejército extranjero sin el permiso del Congreso. De ahí que éste emitiera un decreto el 12 de marzo de 1941 para que los mexicanos nacidos en Estados Unidos no perdieran la ciudadanía por este motivo, durante el tiempo que durara la guerra.

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Uniformes utilizados por el Escuadrón 201 tal como se muestran en el Museo nacional de la fuerza aérea de los estados unidos


Llama la atención la fecha tan temprana de este decreto; la razón era que muchos chicanos se enlistaban como voluntarios y perdían con ello sus derechos en México. Un decreto similar, emitido por el Congreso en septiembre de 1942, extendió el beneficio a todos los mexicanos. Estas medidas eran más bien de protección ante hechos consumados. En teoría los mexicanos tenían obligaciones contrarias. La Ley del Servicio Militar establecía la obligación de todos los mexicanos en edad militar (los que cumplieran 18 años) de “registrarse en el municipio donde vivan o en el consulado más cercano si residían en el extranjero”. La “nacionalidad doble” se da circunstancialmente. Cuando la persona llegaba a la mayoría de edad, debía optar por una u otra. En cambio la “doble nacionalidad”, como la reconocida por las reformas constitucionales de 1898, sí permite la doble nacionalidad simultánea. La Ley del Servicio Militar fue otra herencia cardenista, pues se oficializó el 11 de septiembre de 1940, con un artículo transitorio que da así, teóricamente, los mexicanos en el extranjero mayores de 18 años podían ser llamados a cumplir el servicio, pero en realidad muy pocos acudieron a los consulados a hacerlo. El reclutamiento cambió la percepción de la colaboración mexicana en la guerra: ya no era sólo abastecer de materias primas a los estadounidenses, sino ir a combatir; aunque fuera vicariamente, no con mexicanos desde dentro, sino con mexicanos desde afuera. Esta percepción no convenía al gobierno, ya que, por extensión, la población podría sospechar que el reclutamiento se daría también en territorio mexicano.

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Por eso fue una constante minimizar el número de mexicanos que había en el ejército estadounidense. El canciller Ezequiel Padilla reiteraba cifras ínfimas: en junio de 1943 decía que eran 6.000, mientras que el senador Alfonso Flores M., también exagerando, hablaba de 250.000. En esa misma fecha las autoridades estadounidenses calculaban 9.000 mexicanos enrolados, cifra que no contaba a los ciudadanos estadounidenses de origen mexicano. Un año después versiones periodísticas hablaban de 15.000 mexicanos, sin contar los que tenían la ciudadanía. La dificultad para definir cifras se daba porque no siempre se diferenciaba entre mexicanos y chicanos. También porque algunas disposiciones no se cumplían del todo; el visitador de consulados Adolfo de la Huerta señalaba: […] aunque por disposición legal todos los empleados en labores agrícolas deben considerarse diferidos en el enrolamiento militar, en la práctica se ha visto que no todos nuestros compatriotas residentes son exceptuados y una buena parte han sido alistados en el ejército ya porque no han sabido alegar su derecho, ya porque los patrones no les han extendido la constancia correspondiente o porque no han ocurrido a los consulados a recoger la forma consular que es la que los resguarda. Es fácil suponer que algunas juntas de reclutamiento manipulaban tanto el origen étnico, pero sobre todo la actividad económica y la categoría migratoria de los enrolados, en un afán por cumplir con la meta de alistamientos que exigían las autoridades militares, distorsionando así el conocimiento del papel de las minorías étnicas que entraban al ejército.

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Pilotos del 201 Escuadrón


Muchos patrones contrataban ilegales para las faenas agrícolas, y precisamente por ese hecho estarían poco dispuestos a reconocerlos o ayudarlos. Con el tiempo, por la lógica de la guerra, que exigía más soldados, este tipo de excepciones ya no se aplicarían. La falta de mano de obra era un problema trascendental para Washington. Ésta faltaba no sólo porque se incrementó enormemente la actividad económica, sino también porque mucha fuerza de trabajo se fue a la industria bélica y al ejército. De ahí que Estados Unidos firmara con México un programa de trabajadores temporales, mejor conocido como Programa Bracero. La inmigración ilegal era creciente por la demanda de mano de obra, sobre todo en el campo y en los ferrocarriles. Ante esa realidad y ante la presión estadounidense, el gobierno mexicano aceptó un programa de envío de trabajadores temporales. Se calcula que entre 1942-1945 salieron 303.054 braceros; 71.8% lo hacía para conseguir mejores salarios. Los solicitantes hacían filas enormes en busca de un lugar. El gobierno mexicano estaba en ventaja para negociar, debido a la urgencia estadounidense: exigió protección contra actos discriminatorios, un salario mínimo, y la prohibición de ser enrolados. La primera quedó como declaración de buenas intenciones, pero las otras sí se cumplieron en términos generales. No obstante, la opinión pública se mostraba temerosa de que los braceros terminaran con un fusil en las manos.

Pero había otra realidad difícil de cuantificar: los trabajadores ilegales que no tenían la protección del Programa Bracero. Ante los actos de discriminación tan severos y continuos que había en Texas, el gobierno mexicano trataba de impedir que el destino de los braceros quedara en esa entidad, pero nada podía hacer con los ilegales que eran contratados en los campos agrícolas texanos, principalmente; la arraigada discriminación también favoreció que este tipo de trabajadores fuera, ocasionalmente, enrolado. Como el trabajo agrícola era considerado estratégico, es muy probable que los braceros, indirectamente, contribuyeran a que mayor número de chicanos y mexicanos ilegales fuera reclutado. Debido a la ley estadounidense del servicio militar y al papel de México como aliado, la protección que el gobierno podía dar a los mexicanos enrolados sería limitada. Se lograban mejores clasificaciones para ellos, en vista de que las juntas locales de reclutamiento tenían criterios muy rígidos para esta clasificación. Por ejemplo, los primeros en ser llamados a filas eran los solteros jóvenes y de los que no dependiera algún familiar (sus padres, por lo general). Los últimos, los casados con hijos, o sea con dependientes económicos; también, los mayores de 26 años. La familia de los reclutas recibía un apoyo mensual del gobierno; la cantidad dependía de su estado civil y de su papel en el sustento de la familia. Muchos mexicanos emigraban solos, aunque estuviesen casados. Como no tenían forma de demostrar esto, se les clasificaba como solteros, o bien no se les reconocía el número de dependientes económicos que tenían. También era una regla no dar ese apoyo fuera del país. En este tipo de casos los consulados sí podían gestionar reclasificaciones que consideraran al alistarse como cabeza de familia, y en ocasiones se logró que el apoyo económico mensual fuera enviado a sus familias en México.

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Los primeros Braceros llegan a Los Angeles en tren en 1942


Sin embargo es de suponerse que, por el desconocimiento del idioma y por prejuicios raciales, siguió habiendo abusos para determinar qué cantidad se otorgaba a familiares de enrolados y qué clasificación se les daba a éstos, la cual determinaba su llamada a filas. En este aspecto los mexicano- americanos con familia en Estados Unidos no tuvieron tantos problemas como los mexicanos recién emigrados. La ayuda promedio era de ochenta dólares, aunque es lícito suponer que no había igualdad para otorgarla ni tampoco para mantenerla. Así como hubo chicanos y mexicanos que no querían ser reclutados, otros desde México pedían permiso a las autoridades mexicanas para unirse al ejército estadounidense. Algunas de estas peticiones muestran más bien la intención de conseguir documentos para emigrar y conseguir un trabajo, pero en otras, como la de Eliodoro Bizcaíno, sólo aparece el […] deseo de luchar por la causa de las Naciones Unidas, por la democracia de los pueblos que aman la libertad; quiero alistarme como soldado en el ejército norteamericano y luchar al lado de mis compatriotas que se encuentran peleando en cualquiera de los frentes. Por lo general, se les contestaba que no requerían permiso para hacerlo y que no perdían derechos ciudadanos. Es muy difícil cuantificar el fenómeno analizado aquí. No se tienen datos confiables del número de chicanos y mexicanos en el ejército. Cifras oficiales estiman entre 250.000 y 500.000, y se cree que de éstos, entre 15.000 y 30.000 eran ciudadanos mexicanos, el resto era mexicano-americanos.

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Soldado David M. Gonzales, Compañía A, 127° Regimiento de Infantería, 32º División de Infantería, poseedor de la Medalla de Honor


Era frecuente que al ser enrolados no se indicara el origen étnico, como sí ocurría con los negros. Ellos sí eran segregados en unidades donde sólo había soldados de color. De hecho los de origen mexicano frecuentemente eran clasificados como “caucásicos”, por ello era normal su inclusión en unidades donde la mayoría eran anglosajones. En los papeles de enrolamiento no existía una clasificación que dijera “mexicano” o más genéricamente “hispano”. Ello muestra la dificultad por obtener datos confiables, pues también eran alistados cubanos, salvadoreños y sobre todo puertorriqueños, estos últimos en número aproximado a 65.000. Se calcula que en 1940 la población de origen mexicano era de 2.690.000, de la cual un tercio era de hombres que ya tenían la edad para ser reclutados (18 a 45 años), alrededor de 900.000. Por ello una participación de 500.000 en toda la guerra no parece una cifra descabellada; en cambio 250.000 parecería baja. Si tomamos en cuenta que la población de origen mexicano representaba 2.08% de la población total del país, y que en el ejército estadounidense combatieron 16.000.000 de efectivos durante todo el conflicto, 2.08% de ese total equivaldría a 332.800 combatientes de origen mexicano. Esto sólo es una conjetura, pues también pudiera ser que hubiese ido a combatir un porcentaje mayor, 3.1% por ejemplo, que daría los 500 000 ya señalados. Esto último es factible debido a la tendencia, en futuras guerras (Corea, Vietnam), de enviar un porcentaje mayor de hispanos del que representan en la conformación de la población total del país.




6. RECLUTAMIENTO: “RECIPROCIDAD” Y TRASLADOS


Para dar una imagen de reciprocidad al reclutamiento de mexicanos, se dispuso que el ejército mexicano también pudiera llamar a filas a residentes extranjeros en territorio mexicano, que fueran ciudadanos de países cobeligerantes. La disposición quedó como letra muerta no sólo por el nulo impacto social que tenía, sino porque al darse casos de este tipo, se les rechazaba. Los estadounidenses A. H. Drew y Neal S. Brooks deseaban ser enrolados, pues tenían experiencia en ingeniería militar; sin embargo, la Secretaría de la Defensa Nacional les respondió que la Constitución impedía esto, pues “al ejército mexicano sólo pueden ser enrolados individuos nacidos en México”. Es interesante la comparación de acuerdos entre México y otras naciones aliadas. Con Gran Bretaña se firmó un acuerdo que exentaba recíprocamente del servicio militar a nacionales que residieran en uno u otro país. De hecho era común ver en los periódicos que británicos residentes en México viajaban a su país para enrolarse en el ejército de Su Majestad. En cambio con Canadá el acuerdo permitía el servicio militar recíproco, pero al residente se le informaba con antelación y éste podía optar por abandonar el país y hacer el servicio en su país de origen. Aunque este último acuerdo es bastante tardío —a casi dos años de que México entrara a la guerra—, había un acuerdo similar entre Canadá y Estados Unidos, pero el gobierno de este país evidentemente no quería un acuerdo de este tipo con México, pues ofrecía al reclutado, sin condiciones, la opción de escoger bajo qué bandera quería servir.

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Sin embargo, sí se firmó un convenio entre México y Estados Unidos que permitía a los mexicanos alistados pedir su traslado al ejército mexicano, pero condicionado, ya que indicaba que esto aplicaría, siempre y cuando no hubiesen “declarado su intención de adquirir la nacionalidad de su residencia”, y también “siempre que tal traslado no resulte perjudicial en el esfuerzo bélico común”. El trámite se hacía por medio de los consulados, los que recibieron varias solicitudes. Es importante señalar que los cónsules tenían la obligación de conminar a los mexicanos a respetar las leyes del país en que residían, muy en especial la del servicio militar, y así colaborar en la lucha contra el fascismo. En otras palabras, se les invitaba a aceptar el alistamiento en el ejército yanqui. Esta postura, reconocía el visitador consular […] es interpretada en la mayoría de nuestras colonias, como la renunciación de nuestro gobierno a la protección de los connacionales, juzgando que éstos, por mil circunstancias viviendo en este país, nada significan para la administración actual y que más bien deseamos desprendernos para siempre de estos contingentes de sangre mexicana. Aunque se han documentado casos en los que el traslado se aplicó, la imperiosa necesidad de más soldados al frente, sobre todo en 1944 (en preparación del desembarco en las costas francesas, el llamado “día D”), limitó esta protección, pues se podía aludir que las peticiones afectaban el “esfuerzo bélico común”. Antes de ese año era más frecuente la aplicación del convenio. Es probable que no fueran muy significativas, por el desconocimiento del acuerdo. También hubo la tendencia a usarlo para evitar ambos servicios: cuando se concedía el traslado, el recluta simplemente no se presentaba ante las autoridades militares mexicanas para cumplir con el servicio militar.

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El President Truman hace entrega de la Medalla de Honor al Sargento Segundo Marcario Garcia de la Compañía B, 22° Regimiento de Infantería, 4º División de Infantería


Era común que a los alistados les ofrecieran la nacionalidad estadounidense, como un incentivo, pero también para evitar que pidieran su traslado. Unos lo aprovecharon como una oportunidad, pero otros se negaban a aceptarla. Unos porque al hacerlo perdían la nacionalidad mexicana, que se perdía por “adquisición voluntaria de una nacionalidad extranjera” (Artículo 37 de la Constitución). Además, muchos mexicanos que tenían la nacionalidad estadounidense se sentían ciudadanos de segunda, de ahí que para los que aún no la tenían, la vieran como un magro incentivo. El trato digno era cuestión étnica, no de nacionalidad, y a diario podían constatarlo con el trato que se daba a los negros, ellos sí estadounidenses de varias generaciones. Leandro Alejandro (de El Paso), ya reclutado, se rehusaba a adquirir la ciudadanía; un oficial lo amenazó con mandarlo a un campo de concentración por el tiempo que durara la guerra y que al terminar sería deportado.




7. EL PACHUCO VA A LA GUERRA


El motín de los pachucos constituyó un acto de violencia racial perpetrado por marinos de guerra anglosajones (principalmente) contra jóvenes de origen mexicano, con la complacencia de las autoridades locales de Los Ángeles. Fue un acto que contradecía el discurso de la buena vecindad; daba la imagen de seguir algunos postulados del régimen contra el que se luchaba, lo cual fue notado por los comentaristas de la época: “los soldados y marinos que obraron de esta guisa, no parecen paladines de la democracia, sino sicarios de los que emplea Hitler para martirizar a los judíos; y que los periódicos que aplaudieron estos excesos, parecen dignos de la tutela oprobiosa de Goebbels”. La intervención federal, así como distintos artículos de la prensa nacional, cambiaron la perspectiva del acontecimiento: el semanario Time denunció la pasividad de la policía local para detener al tumulto de marinos y civiles anglosajones que se metieron a cines, teatros o en la calle a golpear salvajemente a quien estuviera vestido de pachuco (en inglés les llamaron zoot-suits), pero se acabó atacando guiados por “el color bronceado de la piel”; la policía se llevaba presos a los golpeados, acusados de “vagancia y riña”. Esa forma de vestir también la usaban otros latinoamericanos, negros, filipinos y aun anglosajones. Era muy parecida a la que usara Tin-Tan, pero con algunas diferencias que un periodista angelino describía así: […] sacos largos que llegan hasta las rodillas, de colores chillantes, rojos, amarillos o morados; pantalones en forma de bomba arriba, pero terminado en forma de embudo en la parte de las valencianas; zapatos grandes, en forma de lancha, con herraduras de fierro en los tacones y la punta, y un sombrero de ala ancha que luce en un costado una pluma de ave, de color chillante también; se dejan crecer el pelo con el propósito de dividirlo en dos secciones, perfectamente definidas por la gran cantidad de vaselina que se ponen, y echarlo hacia atrás en forma de trenzas.

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Soldado Silvestre S. Herrera de la Compañía E, 142° Regimiento de Infantería, 36º División de Infantería, acreedor de la Medalla de Honor


Sobre el origen del término, la versión más confiable es la que nombraba a los que cruzaban ilegalmente por la ciudad de El Paso, “pasó chueco”, “los pasoschuecos” les decían. Uno de los artículos más difundidos fue el de Carey McWilliams, abogado y sociólogo del Partido Demócrata, publicado en el semanario The New Republic; investigó y dio a conocer conclusiones de gran interés, pues iban más allá de cómo habían sucedido las cosas. Afirmaba que no había pandillas de pachucos con propósitos delictivos; alrededor de 98% de los jóvenes de origen mexicano en Los Ángeles eran nacidos, educados y criados en Estados Unidos; por tanto tenían problemas especiales como todo grupo de segunda generación de inmigrantes, “hay un abismo social entre los padres y los hijos y la autoridad paterna ha tendido a relajarse”. Sus padres, víctimas de la segregación, tendían a refugiarse en su barrio, el Este de la ciudad (East LA). Los hijos en cambio, aunque han sufrido esa misma experiencia, al mismo tiempo “la agitación de la vida norteamericana ha estimulado enormemente sus deseos de una completa participación en la vida social de los grupos dominadores”, y es común verlos en el centro de la ciudad, lo que ha disgustado a los anglos y fomentado mayor odio hacia ellos. La imagen del pachuco es ampliamente conocida en México por el retrato que de él hizo Octavio Paz en El laberinto de la soledad, escrito parte en Los Ángeles y publicado en 1950.

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Sargento José M. Lopez del 23° Regimiento de Infantería, 2º División de Infantería, acreedor de la Medalla de Honor


También por el papel del tipo social que inmortalizó Germán Valdez, Tin-Tan. De este cómico se decía que “es el verdadero símbolo de esta época de acercamiento México-yanqui”. Era un personaje representativo “del panamericanismo y de la reconciliación con nuestros primos del Norte”. Lo cierto es que el tipo social de Tin-Tan representaba más bien al joven sin recursos, pero con mucho ingenio y simpatía, que se adapta a la perfección a la vida en la gran ciudad, al México moderno. El pachuco angelino tiene perfiles muy diferentes. Paz habla de desarraigo y resentimiento, pero no fue el único ni el primero. Baltazar Dromundo dio un estupendo retrato del pachuco en la revista Hoy. Para él este personaje es producto de la segregación, en un país que el autor admira mucho por su sistema democrático y por las libertades de las que gozan sus habitantes. Pero precisamente esa democracia federalista le da poderes a los estados, y son los del suroeste los que han mantenido sistemas discriminatorios. Es un problema de la sociedad estadounidense, que ha obligado a esas minorías a crear sus propias escuelas, sin acceso a diversiones, oportunidades de trabajo, en general a todo aquello que representa la prosperidad. Su modo de vestir es una protesta, pero a la vez muestra un deseo de integración, ya que su estilo simplemente exagera la moda estadounidense; no la subvierte, la transforma en una caricatura de esa forma de vida. El pachuco, dice, es un resentido e inadaptado debido al medio hostil que lo ha segregado. Falta de autoridad paterna, resentimiento, desarraigo, pero también deseo de integración fueron conformando una identidad especial, generacional, la de los hijos de los que “pasaron chueco”.

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Guy Gabaldon junto a prisioneros japoneses, en 1944


Esa identidad, en aras de los sucesos angelinos, se extendió a los mexicano-americanos del resto del país. Entre los que combatieron en el ejército eran frecuentes ciertas adaptaciones al uniforme para darle un “aire pachuco” (por ejemplo, hacían que el tiro cayera más abajo de lo normal). De esta forma los chicanos se asumían de alguna forma como pachucos, aunque nunca hubieran estado en Los Ángeles. Era una forma más de identificarse por su origen étnico, y seguramente también por esa sensación de desarraigo, de soledad, por esa necesidad de integrarse. Una de las hazañas personales más extraordinarias de la guerra, que raya en la incredulidad y que hubiera pasadocomo una leyenda de no ser por la cantidad de testigos que tuvo, la realizó un chicano de East LA, Guy Gabaldón. Durante 1944 la lucha en el Pacífico se intensificaba, y el ejército estadounidense trataba de recuperar la mayor cantidad de territorio a los japoneses, con el llamado “salto de isla en isla”. En cada salto se encontraban con una resistencia feroz, y cuando creían tener segura la posesión, los japoneses, refugiados en cuevas y ayudados por la geografía tropical, volvían a atacarlos; estaban educados para no rendirse, antes se suicidaban. En Saipán, isla del archipiélago de las Marianas, la Segunda División de Marina desembarcó en junio de ese año. Guy había sido encomendado a labores de inteligencia, pues sabía japonés. Sus padres eran de origen mexicano: un padre ausente y una madre que murió cuando él era niño; fue criado por una mujer japonesa, madre de dos de sus mejores amigos en la escuela, a los que llegó a considerar como sus hermanos; su madre adoptiva, como la mayoría de los japoneses que vivían en Estados Unidos, fue remitida a un campo de concentración.

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Major Oscar Francis Perdomo


La actitud contra los japoneses era más por causas racistas que por un temor fundado de que realizaran labores de sabotaje y espionaje, pues comparativamente sólo un número reducido de alemanes y de italianos fueron recluidos. El mayor número de japoneses estaba en la costa oeste. Guy quedó de nuevo abandonado y terminó enrolándose como voluntario en la infantería de marina cuando tenía sólo 17 años; seguía así los pasos de sus hermanos adoptivos, japoneses-americanos. En Saipán, desobedeciendo órdenes, Guy salió solo a la jungla y regresó con cinco prisioneros. Al principio sus superiores amenazaron con formarle consejo de guerra, pero él regresaba al campamento con más prisioneros. Sus compañeros apostaban con cuántos más regresaría al día siguiente. Les prometía un trato justo, los halagaba por su comportamiento en combate, persuadiéndolos de que rendirse era mejor que morir. Se requería una gran sangre fría, pues en cualquier momento alguno de los japoneses podía dispararle. Un día fue a un arrecife donde había un numeroso grupo de ellos, no sólo militares, también civiles. Les comentó de su familia adoptiva, de cuánto la quería; de que él, como ellos, eran “simples soldados que obedecen órdenes, que no eran responsables de haber iniciado esta guerra”. Les quitó la idea de la suerte que correrían al rendirse: torturas espantosas antes de la muerte. Después de muchas horas convenció a ochocientos de rendirse. A pesar del éxito, Gabaldón no pudo evitar que algunos japoneses se suicidaran tirándose del arrecife, incluso algunos civiles primero tiraban a sus hijos y luego se lanzaban ellos. Un año después, en la batalla de Okinawa, se dio el mayor suicidio colectivo de civiles de toda la guerra, hecho que ha sido olvidado por la historiografía japonesa.

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Robert L. "Bob" Cardenas


En la historia de la guerra no hay precedentes de que un solo combatiente haya hecho prisioneros a más de mil enemigos. Poco después resultó herido en otro de sus intentos y regresó a su país con varias condecoraciones, aunque jamás le concedieron la Medalla de Honor. En una entrevista que le hicieron en 1998 reveló cómo pudo mostrar tanta confianza y sangre fría para un muchacho de 18 años: su experiencia solitaria boleando zapatos en los barrios angelinos había sido decisiva, “pelear en una selva en el Pacífico y vivir en los ghetos de East LA tienen mucho en común: tienes que estar siempre un paso adelante del enemigo o ¡adiós mother !”. Aunque el caso de Gabaldón sea atípico, en algunos aspectos representa muchas de las características atribuidas al pachuco, algunas de ellas vigorizadas: desarraigo y falta de identidad —por partida doble—, al provenir de un hogar mexicano y ser educado en uno japonés; falta de la autoridad paterna, tanto la mexicana como la japonesa; soledad, evidente por lo ya expuesto; deseo de integración, por su decisión de alistarse y por su actuación en la marina. Esas características pueden explicar algunas de sus actitudes: su desdén por la autoridad, al grado de ignorar las órdenes de sus superiores; su desconfianza hacia el cuerpo social, que lo lleva a empresas solitarias. Pero esa sociedad, aun con su hostilidad y discriminación, le dio la confianza en sí mismo para emprenderlas. Evidentemente que hay también características particulares de Gabaldón que ayudan a explicar su hazaña. Una muy notoria es que su madre adoptiva era japonesa.

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Ricardo Gomez Candelaria


Él sabía que al lograr la rendición de los japoneses salvaba sus vidas. También es interesante hacer notar que de esta forma “igualaba” la situación de ellos con la de su madre adoptiva: al rendirse se convertían en prisioneros de guerra que serían liberados al terminar el conflicto. De esta forma, tal vez lograba identificarse con los mil prisioneros que hizo. Su hazaña fue llevada al cine, From hell to Eternity, con Jeffrey Hunter en el papel de Gabaldón, un actor rubio y de ojos azules. La película ocultaba así una parte fundamental del personaje: su origen étnico. De cualquier forma, esta película de 1960 permitió que su hazaña se difundiera. Gabaldón fue invitado en todo el país a relatar su hazaña. Todavía en 1991 había peticiones al presidente Clinton para que le otorgaran la Medalla de Honor. Gabaldón se casó con una mujer japonesa con quien vive en California. Como chicano su caso también se distingue de la mayoría: fue aceptado en la marina, uno de los cuerpos más prestigiados en el ejército estadounidense; la mayoría terminaba destinado a la infantería.




8. LAS INFANTERÍAS INVISIBLES


En el ambiente militar de la época se decía frecuentemente que a la infantería se enviaba exclusivamente a “mexicanos, negros, polacos y oakies”. El último término se refería a campesinos pobres del estado de Oklahoma, y más genéricamente a aquellos agricultores del medio oeste que vagaban por las carreteras, después de haber perdido sus tierras o sus trabajos después de la Depresión de 1929. A los negros se procuraba tenerlos aislados, en unidades exclusivas para este importante grupo étnico. Por eso su experiencia en la guerra sería muy diferente a la de los mexicanos y la de otras minorías. Si bien el dicho era en parte verdad, también lo es que la infantería es la rama que requería más hombres; además, el entrenamiento llevaba menos tiempo y las cualidades de un buen soldado de infantería eran fuerza y resistencia para soportar largas marchas, con poca comida y descanso. De ahí que la gente dedicada al campo, a las faenas más rudas, fuera la más calificada para esa rama. Además, la posibilidad de ser aceptado en áreas de gran demanda como la artillería, la marina y mucho menos en las más sofisticadas como fuerza aérea y caballería mecanizada, entre otras, era muy baja. Éstas pedían requisitos especiales para ser aceptados, relativos a la preparación o a características físicas (para entrar a la armada se pedía una estatura mínima).

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Francisco Mercado, Jr.


Antes de que la guerra se volviera más cruenta —entre 1943-1945—, la prueba de inteligencia y aptitudes influía en el destino del recluta, pero después los exámenes se volvieron inútiles, y por los requerimientos bélicos la mayoría iba a la infantería. Eliseo Navarro fue aceptado en la fuerza aérea, pero cuando recibía entrenamiento, el alto mando consideró que ya no se requerían más pilotos y fue enviado a un cuerpo de infantería en Europa. Mejor suerte tuvo Rudy Acosta, quien solicitó entrar a la fuerza aérea y fue aceptado. Era muy común que varios hermanos fuesen enrolados. Fue famoso el caso de los cinco hermanos Sullivan, de origen irlandés, pues todos murieron en combate. Los seis hijos de un inmigrante mexicano de Jalisco, que llegó a California en 1914, huyendo de la Revolución, combatieron en la guerra; sólo dos de ellos eran de infantería, uno llegó a ser héroe de guerra por su desempeño en el frente europeo, Joseph Casillas de infantería. Hubo hermanos con distinta nacionalidad: Ramón G. Galindo nació en México (San Juan, Nuevo León) y poco después sus padres se fueron a vivir a Austin, donde nació su hermano Tom. Ambos fueron aceptados en ramas muy prestigiadas, la artillería antiaérea y la infantería aérea. Para los chicanos, alcanzar un rango era sumamente difícil. Joe López afirma que su handicap era ser mexicano, pues algunos soldados blancos no aceptaban sus órdenes hasta que él les dijo: “Si yo no lo hago, no dejaría que ustedes lo hicieran, pero si yo puedo hacerlo sé que ustedes también”. Predicando con el ejemplo lograba el apoyo de sus subordinados.

Otros alcanzaron rangos más altos, como los Capitanes Carlos Terán de Los Ángeles y Ernesto Alonso de El Paso. Otros seis hermanos, los Ortega, cuyos padres provenían de Chihuahua y huyeron a El Paso por la Revolución, llegaron a tener un rango, casi todos de sargentos, tres en infantería y los demás en caballería, marina y fuerza aérea. Menciono este caso por la rara coincidencia de que seis hermanos llegaran a conseguir un rango. Si el ataque a Pearl Harbor desató un fervor patriótico que llevó a muchos jóvenes a unirse como voluntarios, entre la comunidad chicana el ataque japonés a las Filipinas tuvo un efecto similar, ya que un contingente importante de las fuerzas estacionadas en ese archipiélago provenía de la guardia nacional de Nuevo México; constituida en su mayoría por chicanos, no sólo de ese estado, sino de todo el suroeste, fue enviada porque hablaban español, lo que facilitaba mejor entendimiento con los filipinos aliados. Cuando se dio el ataque, a principios de 1942, el país no estaba listo aún para algo así; la rendición en la península de Bataan (al oeste de Manila) era inevitable, pero ésta no se dio, sino hasta principios de abril, después de una heroica resistencia. De la rendición siguió la llamada “Marcha de la muerte de Bataan”, donde los japoneses condujeron a miles de prisioneros (alrededor de 50 000) a un campo para su reclusión. En ese trayecto muchos fueron degollados por ínfimas razones, otros golpeados, negándoles agua, comida y descanso. Doce días duró la marcha hasta llegar a distintos campos de prisioneros. Abel Ortega (de Texas) y José F. Martínez (de Nuevo México) sufrieron esa experiencia y confirman en sus testimonios el trato recibido por los japoneses.

Cuando en 1944 los aliados se acercaban a Filipinas, los prisioneros fueron enviados a Japón, donde los liberaron al finalizar la guerra, después de tres años en cautiverio. Ortega permaneció en el ejército, pues le dijeron que le respetarían su grado de cabo, lo cual no sucedió, y en 1950 fue llamado de nuevo para la guerra de Corea. El ataque y pérdida de las Filipinas —que motivó la frase del General Douglas McArthur, “Me voy, pero regresaré”— arrastró a muchos chicanos a servir como voluntarios. Igual que en el escenario europeo, en el Pacífico la mayoría de los mexicanos estaba en unidades de infantería, y la mayoría provenía del suroeste. De ahí una frase de McArthur, comandante del frente en el Pacífico, quien exclamó: “Manden más de estos muchachos mexicanos; son muy buenos para pelear en la jungla”. Uno de los más reconocidos fue el soldado Cleto Rodríguez (nacido en Texas), quien se distinguió en la reconquista de Manila. Rodríguez y su compañero John Reese, de Oklahoma, lograron avanzar y matar 82 japoneses. Reese murió en esa acción, por lo que el jefe del destacamento lo propuso para la Medalla de Honor. Días después Cleto, ahora solo, se deshizo de seis japoneses y destruyó una pieza de artillería, lo que convenció a su jefe para nominarlo también. Rodríguez recibió la medalla y las llaves de la ciudad de San Antonio al terminar la guerra. Una escuela y una vía rápida llevan su nombre, además del “Corrido de Cleto Rodríguez”; trabajó más de veinte años en el ejército; murió el 7 de diciembre, de 1990. El sargento Ismael Villegas (de California) se dedicaba a la pizca del algodón antes de unirse al ejército. Sirviendo en una división de infantería, cerca de Luzón, saltó de trinchera en trinchera, deshaciéndose de seis enemigos sin importarle todo el fuego dirigido a él, antes de caer abatido por las balas. Al ver esta acción, sus compañeros iniciaron un ataque exitoso.

Algo parecido logró (aunque no murió en la acción) el sargento Alejandro Ruiz, de Nuevo México, también de infantería, en la batalla de Okinawa, mereciendo la Medalla de Honor. Como se puede ver, lo dicho por McArthur era acertado. Lo que sorprende es lo poco conocido de estas hazañas, y lo que se hizo, pero sobre todo lo que se dejó de hacer, para que el olvido las cubriera. En México pocos vieron esos actos como un ejemplo verdaderamente digno de seguir; estaba muy arraigado el prejuicio de minimizar lo que hacían los mexicanos en el extranjero, por el hecho de hacerlo bajo otra bandera. Una de las pocas plumas que defendió el envío de tropas mexicanas, aunque bajo bandera mexicana, fue el historiador y periodista José C. Valadés. Uno de sus argumentos era el papel en las Filipinas, después de la heroica resistencia de 1942; se preguntaba: ¿Hemos algún día de conocer las proezas de esos mexicanos, de quienes sólo sabemos que fueron de los más valientes defensores de los últimos baluartes que los japoneses arrebataron a McArthur? O ¿es que tenemos que aceptar definitivamente, que quienes se han alejado de México por diferentes circunstancias no tienen el honor de seguirse llamando mexicanos, y de que sus proezas no sean conocidas por sus compatriotas?. Consideraba que el escenario ideal eran las Filipinas, por el idioma, por la tradición hispánica en común, y por el tipo de terreno: Allí, el yaqui como el mestizo, podrán pelear como pelearon con Villa y Obregón. Entonces veríamos si tenemos o no soldados; si la guerra de guerrillas es o no fructífera […] Tomar una acción de guerra es dar fin a lúgubres sentimentalismos […] Hablar de debilidad es sumirnos en el temor y estar al capricho de la benevolencia extraña. Un pueblo que quiere ser fuerte ha de comenzar por dar soldados. Nadie podrá vivir, después de esta guerra, sin haber comprobado su osadía. Si no podemos fabricar tanques ni aviones, sí podemos hacer soldados.

Un propósito loable de Valadés era que México no quedara fuera de una guerra contra el totalitarismo y en favor de la democracia y las libertades. Como se trataba de grandes causas universales, comprendía que ello podía poner a México muy en alto y así ayudar a terminar con el complejo de inferioridad del mexicano; si no se lograba algo afuera, se preguntaba, ¿cómo pensar en conseguirlo dentro de las propias fronteras? Por otras razones, el gobierno de México deseaba la participación mexicana, aunque fuese simbólicamente, pero no tan ínfima como terminó siendo, con el Escuadrón 201, precisamente en las Filipinas. Un año después de que Valadés escribiera estos artículos, su deseo se realizaría en parte. Dentro del 141º Regimiento de Infantería de la 36ª División de esa misma arma, había una compañía, la “E”, constituida enteramente de mexicano-americanos y mexicanos. En sus inicios, esta compañía no era por completo de origen mexicano; antes de Pearl Harbor, formaba parte de la guardia nacional de Texas; cuando Roosevelt federalizó la guardia nacional que cada gobernador controlaba, el Comandante de la 36ª División (conocida como División Texas), General Burkhart, decidió hacer una compañía de puros mexicanos. Mantuvo a muchos oficiales que habían servido en la guardia nacional del estado, y a los soldados chicanos que eran enviados a esa división se les transfería a la compañía “E”. Así sus oficiales tenían la experiencia y el trabajo en conjunto que otras compañías no tenían. Eso permitió que chicanos que casi no hablaban inglés comandaran un pelotón, como el Sargento Manuel S. Gonzales (de Fort Davis, Texas), que antes de ser enrolado trabajaba en una cementera; recibió varias condecoraciones por la campaña contra los alemanes cerca de Nápoles.

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P-47 Thunderbolt mexicano sobre Filipinas; porta las insignias de México y los EE. UU, en 1945


La participación de los chicanos y mexicanos en la guerra, sobre todo en unidades donde la mayoría tenían este origen, como en las Filipinas y en Sicilia, fue noticia relevante en la prensa mexicana, pues los cables de agencia elogiaban la valentía y capacidad de estas unidades. En la Presidencia y en la Secretaría de la Defensa causaron entusiasmo esas noticias. Fue así que algunos militares mexicanos revivieron la propuesta de Valadés. La idea era formar un contingente utilizando la experiencia y la capacidad de esos hombres, pero poniéndolos al mando de militares del ejército mexicano. El Mayor Raúl de Zaldo, ayudante del agregado militar en Washington, proponía —seguramente con la anuencia del presidente— formar un contingente de 20.000 hombres, 10.000 del Ejército Mexicano y 10.000 de los mexicanos ya enrolados (se refería a los que no tenían la ciudadanía estadounidense) en el ejército estadounidense. Ávila Camacho estaba muy interesado en esta propuesta, a pesar de las críticas internas que suscitaba la idea. Cuba y Brasil ya participaban activamente en la guerra. Preocupaba sobre todo Brasil, que mandó una fuerza expedicionaria (la única con fuerzas terrestres que envió algún país de América Latina) de 25.000 hombres bajo mando brasileño, pero dependiendo del alto mando estadounidense, y que tuvo una destacada actuación en el frente europeo. Pero más que la oposición interna a este proyecto, pesó la negativa de Washington.

Por ello la solución del Escuadrón de Aviación fue como un premio de consolación para los militares mexicanos. Volviendo a la compañía “E”, ésta tenía como jefe al Teniente Gabriel Navarrete, de El Paso. En el camino a Roma las fuerzas aliadas debían pasar el río Rápido, que estaba muy caudaloso por las lluvias de fines de 1943. A la División Texas, que al provenir de ese estado tenía a muchos chicanos y mexicanos en sus filas, se le encomendó cruzar el río. Por el arrojo que habían mostrado, se eligió a la compañía “E” como punta de lanza de esta misión. El teniente Navarrete y otros oficiales fueron a verificar las condiciones de las defensas alemanas; el teniente regresó herido y convencido de la imposibilidad de tener éxito en la empresa. El General Mark Clark, comandante del Quinto Ejército, no le hizo caso: fue mandado al hospital y se ordenó la movilización de la compañía, ahora al mando del Teniente Enrique Ochoterena, también de El Paso. Como lo había previsto Navarrete —y también el comandante de la División Texas, General Walker—, la misión (enero de 1944) fue un fracaso y una masacre. Según Raúl Morin, la decisión del Rápido fue una de las acciones bélicas más cuestionadas del ejército estadounidense en la segunda guerra. La historia oficial del ejército ocultó nombres o identificación de las unidades que participaron; la compañía “E” no aparece en la versión oficial de estos acontecimientos. Las bajas totales de la División Texas fueron 1.500, mientras que los alemanes perdieron 250.77 dell 141º Regimiento, y por tanto, la compañía “E”, siguió en acción, con refuerzos por las pérdidas humanas sufridas, teniendo una destacada actuación en el escenario europeo hasta el fin del conflicto. Navarrete, obligado por ley a no divulgar información militar, poco pudo hacer hasta el fin de la guerra; fue entonces que una comisión del Pentágono inició una investigación, solicitada por un grupo de veteranos de la División Texas, al enterarse de que el General Clark buscaba una promoción: la investigación fue archivada y el general fue ascendido.

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Suboficial Auxiliar Cleto Rodriguez de la Compañía B, 148° Regimiento de Infantería, 37º División de Infantería, acreedeor de la medalla de Honor


Sin duda que la mayor operación de invasión en la guerra fue el pie de playa en Normandía, que inició la invasión aliada a Europa occidental. En el “Día D” participaron 4.000 barcos y 66.000 tropas de asalto. Sin duda que en esta acción fueron las infanterías las que tuvieron el papel principal y también el mayor índice de bajas. Desde el desembarco en los anfibios eran recibidos con fuego intenso; muchos tenían que desembarcar antes de tocar tierra, y por la cantidad de equipo que llevaban se hundían en la playa. Otros eran acribillados apenas tocaban tierra. Joe López había escogido la infantería “porque pensaba que era muy macho”. Después de ese día se dio cuenta de que no era así y comenzó a valorar el temor: “No hay que temer decir que se tiene miedo. El miedo es el que te mantiene vivo”. Johnie Marino recuerda que les ordenaron que al desembarcar, si veían que alguien caía no se detuvieran: “Si se detienen acabarán igual”. La 2ª de la 79ª Divisiones que desembarcaron, entre otras, tenían a muchos mexicanos. En Europa se distinguió el sargento Macario García. Nacido en Coahuila, se trasladó a Texas en busca de empleo; trabajaba en el campo para un agricultor texano cuando decidió enrolarse; al ofrecerle la ciudadanía estadounidense la aceptó de inmediato. García encontró en el ejército muchos amigos y “una democracia más atractiva que la que conocí como civil”. Participó en la liberación de París y en el quiebre de la línea Sigfrido; su unidad fue una de las primeras en cruzar la frontera alemana. El 16 de septiembre de 1944, aniversario de la independencia mexicana, se ganó una medalla al capturar una ametralladora alemana, así como la reputación del “mexicano sin miedo”.

En la Batalla de Hürtgen, se hizo acreedor a la Medalla de Honor por su extraordinario valor al destruir varias piezas de artillería alemana. José M. López, originario de Mission, Texas, pero residente en Brownsville, también alcanzó esa presa y es considerado como el soldado del ejército estadounidense que más enemigos mató en una acción. Su compañía estaba en peligro de ser cercada por fuerzas alemanas en Bélgica (diciembre de 1944). Él solo, en una pequeña trinchera, logró el retiro de los alemanes que perdieron, al menos, 100 de sus soldados, salvando así a sus compañeros. Otros chicanos que lograron la Medalla de Honor fueron José F. Valdez, de Nuevo México y Silvestre Herrera, de El Paso. Se decía mucho que los mexicanos iban como “carne de cañón”. Esto se desprendía del hecho de que la mayoría era destinada a la infantería, la parte más sacrificada de cualquier ejército. No obstante esta consideración, la acusación tenía un argumento de peso, aunque no necesariamente cierto: como el mexicano era segregado y discriminado, se le enviaba a la infantería, total era un ciudadano de segunda y si moría, la nación perdía poco. Quien creyera esto tenía buenas razones para hacerlo; además, las prácticas discriminatorias continuaron después de la guerra. Pero en los testimonios consultados no aparece esta versión. Un veterano, por citar sólo un ejemplo, señalaba de forma directa, hasta con crudeza, su tarea: “cada mañana disparando desde las trincheras en la primera línea de fuego; cada noche esconderse en los mismos agujeros para evitar las balas; cada minuto rezando que esto acabara rápido. Un hombre de infantería es el primero al frente”. Aunque el destacado papel que tuvieron chicanos y mexicanos en la guerra se fue diluyendo en un conjunto de anécdotas, que finalmente eran trivializadas, el mayor peso que tuvo estribó en la concientización que cobró esta minoría de sus capacidades y de la necesidad de hacerlas valer.




9. VISIONES CHICANAS DE LA GUERRA


Aunque fueran pocos, los chicanos tendían a juntarse en las unidades donde estaban adscritos. En las horas de ocio, durante los entrenamientos o en las largas travesías hacia los frentes de guerra, salían las guitarras y las canciones mexicanas. Algunos cantaban tan bien que eran invitados para amenizar las reuniones de los oficiales anglosajones. Raúl Morin señala que los anglos nunca tuvieron una canción distintiva de su participación en la guerra, mientras que los chicanos tenían Soldado raso, de F.V. Leal, que tuvo una enorme popularidad. Ruperto Soto recuerda que en Guam, al terminar el conflicto, la celebración entre los mexicanos sorprendió a los anglosajones. Para muchos chicanos y mexicanos la convivencia, en los campos de entrenamiento primero, y en los escenarios de guerra después, fue una experiencia igualadora, una convivencia entre razas y clases sociales inimaginable. Lo dicho por Macario García, quien lo vio como una experiencia democrática, es significativo por haber nacido y vivido parte de su vida en México. Cuando en este país se implantó el servicio militar, era muy común que en las distintas poblaciones los jóvenes de clases acomodadas evitaran el servicio: una forma muy recurrida era dar sobornos a las autoridades locales para evitar el sorteo, o si salían sorteados, conseguir que su lugar fuera ocupado por otro joven de familia humilde.

El General Lázaro Cárdenas, secretario de la Defensa Nacional, cuando realizaba un viaje de inspección a Cuernavaca, pasó revista a los conscriptos y observó que “todos pertenecían a la clase campesina”. Después comentaría que “el hecho de que estos contingentes sean de una sola clase comprueba que las autoridades encargadas de llevar a cabo el sorteo no han cumplido con su deber”. Sin embargo nunca se mencionó qué autoridades y tampoco se castigó a nadie. El hecho de que el titular de la Defensa se diera cuenta de la situación y mostrara, con su omisión, la imposibilidad de resolverlo, evidenciaba que la experiencia en el servicio militar estaba muy lejana a ser una convivencia entre distintas clases sociales, en otras palabras, era discriminatoria. En el ejército estadounidense hubo un caso sonado de sobornos en el Campo Selfridge, Michigan. Pero era más la excepción que la regla, por el simple hecho de haber sido un escándalo y no un hecho cotidiano. Felipe Soliz era huérfano y dijo haber encontrado un hogar en el ejército. Adam Gastélum hizo una buena amistad con un anglosajón, a pesar de reconocer los prejuicios que éste tenía sobre los mexicanos. El más común era considerarlos traicioneros, que literalmente no se les podía dar la espalda por temor a ser apuñalados. Roberto González, a pesar de los pocos hispanos que había en la fuerza aérea, nunca sintió discriminación hacia él; igual piensa Valentino Cervantes, quien era el único hispano en su batallón. Lo mismo dice Narciso García, como cadete en la fuerza aérea (de 400, sólo había tres hispanos); sin embargo, reconoce que sí había segregación hacia los negros, y supo que a un buen número de hispanos les dieron las misiones más rudas.

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Carmen Conteras Bozak


Jessie Ortiz, al convivir con gente blanca, llegó a tener excelente amistad con algunos. Se dio cuenta de que eran igual que él, “me sorprendió mucho cuando vi que uno de mis compañeros sangraba, y el color rojo era igual al mío”. No todos vieron la convivencia de la misma manera, algunos tuvieron que lidiar con los prejuicios de los blancos, como lo vimos en el caso de Joe López. A Thomas Cantú, en su entrenamiento en Nevada como técnico aéreo, su jefe nunca lo mandaba en misiones de vuelo, sino a servir en la cocina o de recadero, a sabiendas de que al acumular horas de vuelo se incrementaban sus haberes. Fue en el teatro de la guerra cuando Cantú logró 150 horas de vuelo, que le merecieron una condecoración. Joseph Alcoser se unió a la marina y dijo no encontrar diferencias con su experiencia en la escuela: “en los juegos de futbol tenías dos enemigos, el equipo contrario y tus compañeros de equipo, que te lastimaban cada vez que podían [en la marina] durante la batalla todos éramos hermanos, pero al acabar, la discriminación era la norma”. La disciplina militar obligaba a todos a realizar las mismas tareas, por eso muchos mexicanos lo vieron como una oportunidad de demostrar que eran tan capaces como los anglosajones. Morin señala cómo en los duros entrenamientos, cuando uno flaqueaba no faltaba quien le dijera “¡Órale!, no dejes que la raza quede mal”. Para la mayoría, era la primera ocasión en que tenían que realizar la misma actividad que un blanco. Ello representaba un incentivo, que por lo inusual era muy significativo y apreciado.

Algunos chicanos que ascendían en el escalafón, más que discriminación sintieron la envidia de algunos anglosajones. “Había mucho prejuicio y resentimiento de los soldados blancos; especialmente si uno conseguía mejores puestos por ser más inteligente —señala Virgilio Roel”. En el ejército estadounidense la mujer participó poco, y nunca en acciones bélicas —a diferencia de los ejércitos soviético e inglés—, aunque eso no quiere decir que no enfrentaran situaciones peligrosas. Su mayor contribución fue en la industria, en la que trabajaron 6.000.000. Por ello hay pocos casos de chicanas en el ejército; Rafaela Muñiz fue enfermera en el frente europeo y Josephine Ledesma fue mecánica de aeroplanos en una base militar en San Antonio. Otro motivo de identidad, aparte de la étnica, era la religión católica, y especialmente la devoción a la virgen de Guadalupe. Frank Reséndez, al acabar la guerra regresó a Austin y antes de llegar a su casa fue a la iglesia a dar gracias a la Guadalupana; lo mismo hicieron los hermanos Rivas al regresar a El Paso. Jessie Ortiz, en un pequeño pueblo francés oyó las campanas que llamaban a misa; él y otros de sus compañeros obtuvieron permiso para asistir al servicio católico, saliendo reconfortados para volver a las loberas llenas de nieve.96 Se cuenta que un aviador chicano, después de una misión que todos consideraban suicida y a la que él se apuntó como voluntario, regresó herido, pero vivo. Al preguntarle qué premio quería y cómo logró la hazaña, respondió: “Como premio quiero permiso para ir a Los Ángeles a dar gracias al santuario de Guadalupe, y en cuanto al éxito consiste en que los mexicanos tenemos una Patrona que nos ayuda”, sacando de su bolsillo una imagen de la Virgen. A raíz de este hecho, en esa ciudad creció la demanda de estampas de la Guadalupana, y el obispo militar del ejército estadounidense pidió más, pues todos los capellanes recibían peticiones de esas estampas, pero no sólo de soldados latinos.

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Soldado José F. Valdez de la Compañía B, 7° Regimiento de Infantería, 3º División de Infantería, acreedor de la Medalla de Honor


En México, en esa misma época, un sector de la prensa criticaba al gobierno por un decreto que prohibía a los militares asistir a servicios religiosos con uniforme, pues consideraban que tal decreto coartaba la libertad religiosa de los soldados (La Nación, Hoy, Excelsior). El ejército surgido de la Revolución nunca ha aceptado la existencia de capellanes. A pesar de las distintas experiencias, que tenían que ver con la personalidad de cada uno, su grado educativo y de aculturación, la región de donde provenían, el número de chicanos en las unidades donde eran asignados, entre otras circunstancias, la mayoría coincide en que su participación mejoró sus expectativas al regresar.




10. EL REGRESO: GOLDEN GATE Y BLUE MOON


Aun antes de que terminara la guerra muchos soldados regresaban al país, ya fuera para recuperarse de heridas en el frente, o más comúnmente por el derecho que tenían a un periodo de descanso, pues el ejército estadounidense funcionaba con relevos: por tantos meses al frente, ya fuese individualmente o por compañías, regimientos, batallones o incluso divisiones enteras, se daban relevos por otras unidades; en la fuerza aérea funcionaba por 25 misiones cumplidas con un número establecido de horas de vuelo cada una. Cuando no se cumplía ese derecho, algunos mostraban suspicacias al respecto. Un caso fue el de Carlos M. Baca, chicano cuyos padres vivían en México; llevaba casi tres años en campaña en el Pacífico. Su padre se quejaba de que al cumplir dos años debían darles permiso de regresar y eso no había sucedido con su hijo, viendo en ello un caso de discriminación. Pero de este caso no se puede generalizar una predisposición a esto. En los testimonios consultados hay muchas referencias a periodos de descanso. Por otro lado está el caso del soldado Marcos F. Ramírez (chicano de padres mexicanos), quien regresó con algunas condecoraciones. Había sido voluntario en el ejército mexicano, del que desertó, pasó la frontera y se enlistó en la infantería. El mando militar gestionó por medio del Departamento de Estado que este soldado, quien quería visitar a sus padres en México, no fuese apresado, acusado de deserción. De manera extraoficial se informó a Ramírez que podía entrar a México, dirigirse a la embajada, donde se entrevistaría con algún funcionario de la Secretaría de la Defensa Nacional, quien “lo reprendería por la deserción y en seguida lo felicitaría por su papel como soldado de las democracias”.

Al regresar del frente de combate este soldado encontró apoyo de diferentes instancias federales, como el Departamento de Guerra y el de Estado. Pero para la mayoría, la diferencia se daría en el ámbito local. En un acto de enorme simbolismo político y patriótico, cuyo recuerdo pervivió en los que lo vivieron, una multitud se reunió para vitorear a los soldados y marinos que llegaron a San Francisco al terminar la guerra, cruzando el Golden Gate. Un año antes unas mil personas se reunieron en Mission, Texas, para recibir a un artillero de la fuerza aérea, que regresaba condecorado después de cumplir 25 misiones. El joven llevó a su esposa a un cabaret, el Blue Moon, donde no los dejaron entrar porque ahí se prohibía la entrada de mexicanos. En un café con el mismo nombre, cerca de Houston, al cónsul mexicano en esa ciudad también le negaron el servicio. Caso más extremo fue el del Sargento Coahuilense —acreedor a la Medalla de Honor— Macario García, a quien no le sirvieron en una cafetería de Sugarland, Texas; él lo exigio y dos marineros lo apoyaron, pero no consiguieron nada; la historia recorrió la región, una estación de radio se encargó de difundir lo que pasaba en esa población. Las autoridades de Sugarland resintieron los ataques y creyeron necesario “reivindicar el honor de la comunidad”; mandaron arrestar a García por “asalto agravado”. Igual le pasó en Brownsville a José M. López, aquel sargento que se deshizo de más de 100 alemanes. Finalmente, el mensaje podía ser que no importaban la bravura, el patriotismo y el sacrificio en la guerra, se seguía siendo un ciudadano de segunda. La parte dura —con el miedo a la muerte y a la mutilación que siente cualquier soldado— pudo haber sido una pesadilla o una épica.

La parte amable, las muchachas francesas abrazándolos y besándolos por haber liberado a su país del nazismo, o las fiestas a su llegada a Estados Unidos de América, habían sido un sueño. Quedaba la dura realidad, pero con una ganancia en conciencia y en nuevas habilidades. Muchos mexicanos que apenas hablaban inglés lo aprendieron en el ejército; muchos que no sabían más que trabajar en el campo realizaron trabajos que jamás hubieran imaginado poder hacer. Muchos testimonios concuerdan con estas ideas. Algunos expresan que los chicanos fueron percibidos de manera diferente, como si hubieran conseguido la mayoría de edad. “Antes sólo me llamaban ‘chico’ [recuerda Armando Flores], esto cuando no era insulto, pero después de la guerra me decían ‘americano’”. Algunos programas federales resultaron fundamentales para esta percepción. Virgilio Vara señala: La Ley de reincorporación de los veteranos de guerra [G.I. Bill] es lo mejor que nos ha pasado a los mexicano-americanos porque por primera vez tuvimos la oportunidad de entrar a campos profesionales en gran número. Antes se esperaba de nosotros que trabajáramos en el campo, no ir a la universidad. Una nueva clase media emergió de los mexicano-americanos. Y efectivamente, muchos de los combatientes provenían del campo y sus expectativas no eran muy buenas, por decir lo menos. La mayoría provenía de familia numerosa y había tenido que dejar la escuela a edad temprana para ayudar a sus padres. Cuando volvieron estaban mejor capacitados, por lo que el regreso al trabajo agrícola no era muy halagüeño. La opción de continuar o empezar estudios de nivel medio superior, universitarios o técnicos tenía que ser muy atractiva para ellos. Más en una época en que la técnica y los conocimientos fueron fundamentales para la guerra que se libró y para la industria que la sostuvo.

Pero la discriminación y la segregación no se quitan con becas, acceso a créditos y oportunidades de trabajo. Si en el ámbito federal hubo mejor disposición para ayudar a la población hispana, no ocurrió lo mismo en el de estados o municipios (condados), especialmente los del suroeste. En 1949 a los familiares de un veterano, Félix Longoria, les fue negado el servicio de una funeraria en Longview, Texas, a causa de su ascendencia mexicana. El caso fue un escándalo; el senador Lyndon B. Johnson intervino para que su cuerpo fuera enterrado en el cementerio militar de Arlington, Virginia. El caso sirvió como escaparate de la segregación de la que eran objeto los veteranos de ascendencia mexicana, y por extensión todos los mexicanos. También sirvió para mostrar el activismo de varias asociaciones que tenían una representación muy importante de veteranos. El American G.I Forum (Foro Americano de Reclutas) fue una de las más importantes, con la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC, por sus siglas en inglés) y la Organización de Servicios a la Comunidad (CSO). Estas asociaciones lucharon política y jurídicamente contra casos concretos de segregación, sobre todo en escuelas. Ganaron casos muy importantes que ayudaron a derribar gradualmente estas prácticas. La trayectoria de Edward Roybal, uno de los líderes chicanos más importantes de la época, fue muy similar a la de muchos jóvenes que fueron reclutados: creció en East LA y trabajó en los Cuerpos Civiles creados por Roosevelt durante la depresión, y después fue a la guerra; Roybal fundó la CSO, fue el primer chicano en llegar a concejal en la ciudad de Los Ángeles, donde defendió por más de diez años a la comunidad hispana. Su carrera lo llevó a la Cámara de Representantes.

Muchos veteranos le dan gran importancia a la labor social que realizaron después de la guerra. Albert Armendáriz fue miembro activo de LULAC y llegó a ser juez en una corte de apelaciones en El Paso. Félix Treviño, concejal en San Antonio en la década de los sesenta; Antonio Campos luchó por los derechos políticos de los hispanos en Houston. El GI Forum fue de enorme importancia para Vicente Ximenes; el fundador de esta asociación, el doctor Héctor García, uno de los más destacados líderes chicanos, que ayudó de manera muy especial a los veteranos, lo alentó para terminar una carrera y después le consiguió varios empleos. Pete Tijerina dijo, nunca haber visto discriminación cuando sirvió en las fuerzas armadas; cosa muy distinta fue al regresar a San Antonio; con la beca de veteranos se recibió como abogado y pudo constatar cómo el sistema judicial propiciaba grandes inequidades: juicios que involucraban a un hispano donde en el jurado no había un solo hispano. La participación política de los veteranos también fue muy importante para mostrar el peso de la comunidad. El GI Forum promovió la candidatura de John F. Kennedy en 1960, mediante los clubes “¡Viva Kennedy!”, que contribuyeron de manera fundamental a su triunfo, y por tanto, fueron un hito en la historia electoral del país. En esa década el movimiento por los derechos civiles y políticos de las comunidades hispana y afro-estadounidense cobró dimensiones enormes. Los veteranos contribuyeron activamente a este renacimiento de la comunidad, a hacerse visibles. Para muchos, ese activismo nunca hubiera sido posible sin lo ganado en conciencia, en la experiencia que les dejó la guerra. Si lucharon por la supervivencia de la democracia contra el totalitarismo xenófobo de Hitler, sería incongruente aceptar pasivamente esas expresiones en el país en que habían nacido o que habían adoptado.




11. CONCLUSIÓN


Hemos visto a grandes rasgos la participación de los mexicanos y mexicano-americanos en la segunda guerra mundial. Aunque no se conocen cifras exactas aquí me inclino por la de 500.000 durante todo el conflicto. Lo que sí se sabe es que es la minoría que recibió el mayor número de medallas de honor del Congreso (la máxima condecoración para miembros de las fuerzas armadas), con un total de 12. En toda la guerra se otorgaron 440 de estas condecoraciones, lo que representa 2.72% del total, cifra superior al del porcentaje de la población de origen mexicano que vivía en Estados Unidos en esa época (2.08%). Pero si tomamos en cuenta que todas las medallas concedidas a chicanos y mexicanos fueron en la infantería y en la infantería de marina, y que en esas dos áreas se concedieron 382 medallas, el porcentaje aumenta a 3.14%. De cualquier forma, aunque se desconozca con exactitud la participación mexicana, lo anterior deja constancia de la calidad de esa participación. O dicho de otro modo, en términos porcentuales mostraron un alto índice de valentía y sacrificio. Muchos de estos participantes trabajaban jornadas extenuantes, la mayoría en el campo o en vías ferroviarias, recibiendo malos tratos. Por eso ser enrolado no era algo tan terrible. Si soportaban horas interminables pizcando algodón, teniendo un capataz déspota y caprichudo, el cambio a las tareas en el ejército debió ser —por qué no decirlo— hasta un alivio.

Cuando menos ahí había reglas claras, y que todos debían acatar. La prueba de esta afirmación es que muchos de ellos, desde antes de la guerra, buscaban acceder a otro tipo de trabajo. Por eso se habían unido a los Cuerpos Civiles —uno de tantos proyectos del New Deal de Roosevelt para dar empleos—, que daban mantenimiento a parques y bosques públicos; el programa estaba destinado a jóvenes, casi adolescentes. Otros se habían unido a las guardias nacionales de los estados, principalmente la de Texas y Nuevo México. De hecho el paso de los Cuerpos Civiles a las guardias nacionales era muy frecuente. No hay que olvidar también que el ejército es una forma más de ganarse la vida y de ascenso social. Generacionalmente, los mexicano-americanos que fueron a combatir eran hijos de los miles de mexicanos que huyeron de la violencia revolucionaria; irónicamente, esa descendencia pelearía en otra guerra, mucho más devastadora. Como estadounidenses eran hijos de la gran depresión. No eran años aptos para demandar mejores tratos, sino simplemente para mantener un empleo. Pero en los años cuarenta, con la guerra llegó una gran prosperidad. Por ello, al final del conflicto comenzaron a demandar mejores tratos, aunque con poco énfasis, pues esta generación encontró en la guerra una forma de integración. Por eso no les fue ajena, ni aun a los jóvenes pachucos.

Se ha dicho que ésta fue una guerra popular, por las causas que defendía, por los enemigos que enfrentaba, y la prueba está en el número tan grande de voluntarios que hubo. La comunidad mexicana no fue ajena a esto, a pesar de la discriminación que padecían. Cosa muy distinta sería la guerra de Vietnam, época que vio grandes manifestaciones contra ella, por parte de distintos sectores de la sociedad; entre ellos el movimiento que estalló en 1970, llamado “Moratoria Chicana”, que buscaba acabar con el alto índice de reclutamiento entre los chicanos para enviarlos al sudeste asiático. Esta comunidad comenzó a emerger después de 1945. Si tan decididamente habían peleado por su país, exigirían un trato más justo. Para esas “infanterías invisibles” fue un segundo frente, dentro de sus propias fronteras, y una lucha a largo plazo. Para los veteranos fue una guerra por sus derechos civiles y políticos, pero también contra el olvido. Buscaban un reconocimiento que creían merecer. Su participación fue un ejemplo para su comunidad, pero no lo fue para todo el país, que seguía entregado a prejuicios raciales que parecían ser su distintivo social. Se requirió —como en la guerra— grandes esfuerzos para que eso empezara a cambiar. Para la sociedad mexicana tampoco fueron un ejemplo. El prejuicio de haber luchado bajo la bandera estadounidense les quitaba lo que de intrínsecamente valioso tenían. El valor, el arrojo, el heroísmo, el arriesgar la vida por salvar a sus compañeros fue visto con escepticismo, con cierto desdén. Ello muestra lo chabacano del nacionalismo mexicano, timbre y orgullo de los regímenes posrevolucionarios. Importa lo que se hace dentro de las fronteras —aunque sea muy poco—, no lo que se hace afuera. Por eso no solamente a los gobiernos, también a la sociedad le ha importado muy poco lo que han hecho, lo que han logrado los migrantes mexicanos en Estados Unidos. La reforma constitucional que permite la doble nacionalidad no fue aprobada por el Congreso, sino hasta 1998. Si ahora son más visibles para nosotros es por su peso en la actividad económica estadounidense, por la fuente de divisas que representan, por la importancia política que tienen allá. También pesa la influencia que ha cobrado todo lo latino (no sólo lo mexicano) en la cultura estadounidense. Podría decirse que nuestro mezquino nacionalismo es inversamente proporcional al enorme tamaño de nuestro territorio, así como al potencial y diversidad de su población.




12. FUENTE TEXTO Y FOTOS:


http://www.todopormexico.com
http://en.wikipedia.org
http://portalaviacion.vuela.com.mx
http://me1629.tripod.com
http://www.cmohs.org
http://japtromex.foros.ws
http://www.exordio.com
http://www.sedena.gob.mx

Saludos

* Chicano es un término empleado coloquialmente principalmente en los Estados Unidos para referirse a los mexicano-estadounidenses. En un inicio, se utilizó para referirse a los habitantes hispanos oriundos de los territorios estadounidenses que pertenecieron anteriormente a México (Texas, Nuevo México, California). Sin embargo, dependiendo de la fuente o el contexto, puede referirse a un ciudadano estadounidense de origen mexicano, una persona nacida en Estados Unidos de origen mexicano.
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Re: Mexicanos en la IIGM

Notapor cocinilla » 15 Oct 2011, 21:18

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