La lista negra, de José María Irujo

Descripción: Un brillante ensayo sobre los nazis a quienes ocultaron y protegieron en España Franco y la Iglesia.

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Alcazar
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La lista negra, de José María Irujo

Mensaje por Alcazar » 22 01 2008 13:39

LA LISTA NEGRA

Los espías nazis protegidos por Franco y la Iglesia
D. José María Irujo


Portada de La lista negraPortada de La lista negra
Autor: Irujo, José Mª
ISBN13: 9788403093393
ISBN10: 840309339X
Páginas:254
Año de Edición: 2003
Idioma: castellano
Editorial: AGUILAR, S.A. DE EDICIONES


Voy a hablarles sobre la historia de los nazis en España porque creo que es una historia realmente apasionante, fascinante, de la que se ha hablado poco a pesar de que existen bastantes libros de historia muy sesudos y muy buenos, por cierto, al respecto. Efectivamente, se ha contado muy poco la historia de los personajes que trabajaron para los servicios de espionaje de Alemania en España durante la Segunda Guerra Mundial, pero la verdad es que mientras las tropas alemanas invadían Europa, España fue un nido caliente de espías alemanes, británicos, americanos, franceses y hasta japoneses. Las miradas de toda Europa estaban puestas en nuestro país, que acababa de salir de la Guerra Civil, y en un gobierno que coqueteaba con Hitler aunque decía ser neutral. Todos los servicios de espionaje trabajaban, mas los nazis eran los únicos que lo hacían a su antojo y con descarada ventaja sobre sus competidores. Centenares de agentes de la Gestapo, de la Abwehr y de la SD se movían por todas las ciudades españolas con absoluta libertad y conformaban una extensa red con ramificaciones y contactos en la administración y fundamentalmente en las elites dominantes de la sociedad. Diplomáticos, periodistas, empresarios, productores de cine, ejecutivos de empresas y agentes profesionales trabajaban en silencio a favor de la causa de Hitler, el dictador que estaba ocupando por la fuerza el Continente y asesinando en los campos de exterminio a millones de judíos.

La colonia alemana en nuestro país no llegaba a las 30.000 personas, pero el número de afiliados al Partido nazi, que era muy pequeño en los años 30, se multiplicó y se disparó. El alemán que no participaba en estos servicios era considerado como un enemigo, y siempre existía la amenaza de que fuera repatriado y llamado a filas, lo que influyó para que algunas personas dudosas dieran el paso adelante y colaboraran de distinta forma con estos servicios. Los 700 afiliados al Partido nazi que había durante la Guerra Civil española crecieron y éste abrió sedes en casi todas las comunidades españolas. Así, la figura de Hitler presidía todos los colegios alemanes y los niños alzaban el brazo en alto cuando celebraban el cumpleaños del Führer. Una parte importante de la sociedad española vio al nazismo durante aquella época con simpatía, y sus cruces gamadas, sus esvásticas y uniformes no provocaron inquietud alguna a los falangistas. Más de 700.000 personas apoyaban y daban cobertura a esta red de espías, a los que consideraban sus aliados y también sus amigos. Algunos de estos agentes habían sido miembros de la Legión Cóndor y habían participado pocos años antes en el bombardeo de Gernika.

Pero es imposible hablar de los servicios de espionaje alemán en España sin destacar y dibujar el formidable imperio económico y empresarial que tenía Hitler en nuestro país. Un imperio económico que de alguna forma impregnó de cierto tinte alemán la economía española. El creador de este imperio, que incluía 350 empresas, era Johannes Bernhardt, un comerciante alemán de estatura media, grueso, de aspecto sencillo y corriente, tocado siempre con un sombrero. Un personaje que forma parte de una serie de nombres sobre los que hablo en mi libro, que tuvo la suerte de estar en el sitio preciso en el momento adecuado y al que Franco le debió su victoria frente a los republicanos. En los años 30 se trasladó a nuestro país para iniciar su aventura empresarial, al igual que otros muchos alemanes que huían de la crisis económica de los años 20 y que llegaron a muchos puntos de España, fundamentalmente Andalucía, Barcelona, Madrid y el País Vasco, en busca de fortuna. En cambio, a diferencia de los demás no se estableció en la Península, sino en Tetuán, un protectorado español, y allí conoció a generales tan importantes como el navarro Emilio Mola, el coronel burgalés Eduardo Sáenz de Buruaga y otros destacados militares españoles que entonces ya pergeñaban y conspiraban contra la República.

El 23 de julio de 1936, este comerciante alemán viajó en un avión de la compañía alemana Lufthansa, cuyo piloto fue obligado a volar por los militares rebeldes hasta Alemania, para entrevistarse con Hitler y pedirle la ayuda que le reclamaba Franco. Junto a él iban Adolf Langenheim, jefe local del Partido nazi en Marruecos, y el capitán español Francisco Arranz Monasterio, y consiguió dicha entrevista, él, que era una persona absolutamente desconocida en su país y sin ninguna influencia ni poder, gracias a la intervención de un personaje muy relacionado precisamente con Bilbao. Se trataba de Friedhelm Burbach, primer representante de Hitler en España y Portugal, y luego cónsul durante muchos años en Bilbao. Era un personaje clave en la red de espionaje nazi en Vizcaya, y lo cierto es que su simpatía por los rebeldes contribuyó a cambiar la historia de España, ya que gracias a su intervención y a sus oficios consiguió que el 25 de julio Bernhardt, el comerciante del que les hablaba antes, consiguiera ver cara a cara a Hitler. Así, logró no sólo entregarle la carta de un general que se había levantado contra la República y que pedía diez aviones de transporte, seis cazabombarderos, veinte baterías antiaéreas, fusiles ametralladores y munición, sino también que el dictador alemán enviara a Franco todo lo que le pedía y que, tres años más tarde, éste consiguiera ganar la Guerra Civil.

Pues bien, terminada la misma, este hábil comerciante alemán dirigió Sofindus, un gigantesco grupo de empresas nazis en España en el que se camuflaron como ejecutivos decenas de espías por toda la geografía española. Las empresas de Bernhardt lo abarcaban todo: bancos como el Deutsche Bank, aseguradoras como Plus Ultra, mataderos o empresas navieras y mineras, que eran muy importantes en aquella época porque abastecían de wolframio a la maquinaria de guerra alemana y demás (entonces, los principales suministradores en Europa de wolframio, mineral clave en aquella época para construir los carros de combate y la maquinaria antiaérea alemana, eran España y Portugal). Sus hombres se lanzaron a los montes españoles, sobre todo a Galicia y Salamanca, y compraron a precio de oro a las familias de la zona todo el wolframio que conseguían extraer trabajando día y noche. Al grito de "¡hay oro en ¡Barilongo!, centenares de familias de Galicia se echaban al monte y extraían el mineral con picos y palas hasta que caían extenuados. Por aquel tiempo, por varios toneles de wolframio se podían conseguir hasta 1000 pesetas de las de entonces, lo que significaba una pequeña fortuna. Sin embargo, la alegría de las familias humildes gallegas que fueron en busca del wolframio duró poco, porque Franco concedió a la familia asturiana Fierro y a algunos socios gallegos la explotación de las minas. Por eso mismo, los pobres buscadores de este mineral tuvieron que pasar a la clandestinidad.

Ahora bien, la mayoría de los españoles no llegó a conocer la existencia de este imperio económico alemán tan importante en la España de los años 40, porque era una especie de Caballo de Troya dentro de nuestra propia economía que inquietaba muy seriamente a los Aliados. En aquella época, los españoles identificaban a la Alemania de Hitler únicamente con su dirigente, con su dictador, y con la División Azul, pero el poder económico realmente nació en España. Era un auténtico misterio y un secreto guardado por muy pocos que estaba muy bien camuflado, y lo cierto es que este comerciante alemán del que les hablo, que no era más que un testaferro, un hombre de paja de los nazis, ayudó a Franco a ganar la guerra, como ya les he comentado. Es más, como Franco había creado en el año 1939 una ley de salvaguarda de la economía nacional, por la cual ninguna empresa extranjera podía tener más del 25% del capital en España, Bernhardt y sus hombres se dedicaron entonces a buscar testaferros españoles que figuraran como propietarios de muchas de estas empresas para intentar burlar la ley y conseguir hacer crecer su imperio económico en España. Según la documentación que he consultado en el Ministerio de Asuntos Exteriores, entre algunos de los testaferros más relevantes estaba José María Martínez Ortega, conde de Argillo, padre de Cristóbal Martínez Bordiú, el yerno de Franco, que aceptó gustoso su papel de hombre de paja para encubrir los intereses nazis en España. El resto también eran personas influyentes y relacionadas con el régimen de la época que camuflaron tanto empresas mineras como navieras, cuyos barcos suministraban víveres y material a los submarinos alemanes. Y las protestas de los Aliados, que aparecen en los archivos una y otra vez, no sirvieron de nada.

Por otra parte, las compras de oro también fueron un asunto relevante; de hecho, la historia de que los republicanos se habían llevado el oro de España no es ninguna fantasía, es absolutamente cierta. Cuando las tropas de Franco entraron en Madrid, encontraron en los sótanos del Banco de España un solo lingote de oro porque los republicanos se lo habían llevado todo y lo habían trasladado a Moscú. Franco hizo compras muy importantes de oro en aquella época; 67 toneladas fueron compradas, en concreto, a los bancos suizos, que sin ningún pudor lo estaban comprando a su vez a Alemania, que por su parte lo estaba obteniendo en los bancos centrales de toda Europa que iba invadiendo: en Holanda, en Italia y en Francia.

Pero ¿quiénes eran estos espías nazis que trabajaban en España? La verdad es que sería prácticamente imposible describirlos a todos, puesto que estamos hablando de centenares de personas; no obstante, algunos jugaron un papel realmente significativo en la propaganda nazi. Por ejemplo, el jefe de prensa de la Embajada alemana. Era un personaje fascinante e interesante del que se ha hablado muy poco. Se llamaba Hans Lazar y tenía una especial peculiaridad: era judío. Había nacido en Turquía, pues su padre se había trasladado para trabajar como traductor en la embajada alemana de ese país, y allí fue uno de los firmes propagandistas del Anschluss, de la anexión de Austria por parte de Alemania. Posteriormente viajó a Madrid y allí ejerció como periodista durante la Guerra Civil, con lo que, como decía hace un momento, acabó logrando ser el jefe de prensa de la Embajada de Alemania en dicha capital. Es un personaje realmente fascinante, porque según toda la documentación de la época y todos los testimonios que he recogido, era el hombre más influyente y más poderoso de la colonia alemana en Madrid. En aquella etapa de carencias tremendas, durante la que no había prácticamente comida, las cartillas de racionamiento estaban a la orden del día mientras Lazar daba fabulosas fiestas en su casa de la Madrid. Estaba casado con una condesa rumana, la baronesa de Petrino, y con los bienes y el dinero que manejaban esas 350 empresas alemanas en España consiguió comprar las voluntades de periodistas muy influyentes de la época.

Por todo ello, no es de extrañar que Lazar fuera un personaje realmente odiado por los Aliados. Samuel Hoare, el embajador británico por aquella época, lo catalogaba como una persona repulsiva cuando escribió sus memorias, poco después de la Segunda Guerra Mundial, aunque al tiempo señalaba que era la persona más influyente y más poderosa del Madrid de aquella época puesto que conseguía colocar las ideas de Hitler en la mayoría de los periódicos españoles. Y si bien los Aliados intentaban lo mismo, nunca tuvieron ni parecido éxito. La verdad es que Lazar era un hombre muy curioso del que se sabía muy poco. Tenía una gran afición por las obras de arte, con las que mercadeaba en la capital de España, y mantenía unas excelentes relaciones con la Iglesia. No en vano, solía proponer a numerosos párrocos repartidos por toda la geografía española el tener su propia parroquia gratis y, en definitiva, transmitir las ideas a sus feligreses gratuitamente. Yo les montó su hoja parroquial, su propaganda eclesiástica, con dinero de las empresas alemanas en España, les decía, y los curas aceptaban pensando que era una buena oportunidad para trasladar sus ideas a los fieles. Sin embargo, en aquellas hojas parroquiales, más de 250, Lazar conseguía incluir la propaganda a favor de Hitler y de esta forma influir en la sociedad española.

Otro personaje realmente curioso en aquella época, de aquéllos que los Aliados perseguían e incluían en sus listas negras, era, por ejemplo, Franz Liesau Zacharias, un biólogo afincado en Madrid. ¿Y qué función a favor de los nazis podía tener un biólogo en los años 40?, se preguntarán. Pues lo cierto es que, por increíble que parezca, cuando los Aliados redactaron su ficha después de que terminara la guerra y pidieron su detención inmediata, revelaron en ella que este hombre se hacía pasar por doctor pero en realidad era un agente del Servicio de Contraespionaje involucrado en la compra de animales de Marruecos y de la Guinea española para fines experimentales tales como expandir la peste en los campos de concentración. Cuando localicé en Madrid a la viuda de Liesau, quien todavía vive en la misma calle que aparece en la ficha de este señor, escrita en el año 1947, ella me reconoció sin titubear las actividades de su esposo. Me dijo que llevaba en España desde los años 20, que sufrió enormes presiones por parte de Alemania en aquella época para que regresara a Berlín y entrara a filas para luchar como un soldado más durante la Segunda Guerra Mundial, pero que él se negó. Que le ofrecieron entonces la posibilidad de que siguiera en España mas trasladando animales, fundamentalmente monos, eso sí, de Marruecos a Alemania para este tipo de experimentos de los que les hablo y que finalmente aceptó para librarse de la guerra, con lo que se vio inmerso en esa patética colaboración con el gobierno de Hitler que más tarde recogerían los Aliados en sus escritos.

Creo que es importante señalar que la enorme presión que sufrieron muchos alemanes en la España de aquella época para que colaboraran con Hitler animó a muchos de ellos a aceptar para mantener su posición privilegiada en el país. Una posición en algunos casos muy cómoda, según el relato inédito que escribió Johannes Eichhorn, un miembro de la Cámara de Comercio alemana en Madrid. Sus familiares me enviaron sus notas inéditas de aquella época, y éstas me revelaron que este hombre era un absoluto antinazi en aquellos años. Escribía para sí mismo, por supuesto, pero recogió cosas como ésta sobre las funcionarias alemanas, a las que describía de la siguiente manera: "Extremadamente maquilladas y luciendo ostentosos modelos, perfumadas con fuertes olores de origen africano, las funcionarias de los servicios nazis, en la mayoría de los casos de bajo nivel profesional, que durante años obtuvieron cuantiosos sueldos por no hacer prácticamente nada, llenaban las tiendas de lujo de Madrid y Barcelona. Como monas vestidas de seda, exigían arrogantes los inevitables manjares. Un vergonzoso espectáculo para muchos españoles, que no comprendían nada.

Y es que el dinero alemán todavía ejercía una enorme influencia en aquellos años. Como decía antes, los españoles sufrían las cartillas de racionamiento, 100 gramos de carne por persona y semana; sin embargo, a juzgar por lo que nos cuenta este hombre y algunas otras personas con las que hablé, los funcionarios y espías de las colonias alemanas estaban bien alimentados. En Barcelona y sobre todo en Madrid, muchos frecuentaban los mejores hoteles, como el Ritz y el Palace, asistían a cacerías organizadas por los aristócratas de la época en las afueras de Toledo, tomaban el aperitivo en el Chicote y bailaban por la noche en el Pasapoga, que era la discoteca de moda. Muchas de sus reuniones se celebraban en el restaurante de Otto Horcher, un restaurante muy famoso que todavía existe enfrente de El Retiro de Madrid y que, según la documentación que he consultado en el Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores, en el Palacio de Santa Cruz, se montó con dinero del Servicio Exterior de Espionaje. Las reuniones duraban hasta la madrugada y allí los espías más activos en el Madrid de los años 40 preparaban sus labores, recibían correspondencia y establecían su estrategia.

Por cierto que estos servicios de espionaje nazi tampoco dejaron de lado el campo de la cultura en la aquella década. De hecho, tuvieron colaboradores como el propio Johann Ther, un personaje para nosotros desconocido pero realmente importante en aquella época. Ther era uno de los principales productores del cine alemán, y se estableció en España también como espía camuflado. Según las notas que he consultado, vivía en un hotel cuyo nombre no se especifica pero que estaba en las proximidades del centro de Madrid, muy cerca del actual Congreso de los Diputados. Era íntimo amigo de Himmler, del jefe de la policía nazi, y de Goebbels, ministro de Propaganda. En 1937, el maquiavélico Goebbels escribió una nota que decía lo siguiente: "El Führer y canciller del Reich ha dispuesto que la actriz española Imperio Argentina debe ser ganada para el cine alemán". Es curioso cómo quedó fascinado Hitler con la figura de esta actriz y cómo la quiso y logró captar para su cine, sobre todo teniendo en cuenta que Imperio Argentina era gitana y que él llevaba a cabo una cruenta persecución de esta raza, llegando a matar a muchísimos de ellos. El caso es que Ther produjo algunas de las películas de aquella época, coproducciones con las productoras alemanas tales como Carmen la de Triana, La Canción de Aixa, Suspiros de España, Mariquita Terremoto, El Barbero de Sevilla, una biografía sobre el músico pamplonés Pablo Sarasate y un corto sobre la Legión Cóndor, sobre los pilotos alemanes que bombardearon Gernika. Posteriormente, este productor de cine alemán afincado en España colgó la cámara y se marchó a combatir con las tropas nazis en Francia durante la ocupación alemana de dicho país.

Otro personaje curioso de la época es Clarita Stauffer, quien tenía un perfil distinto al resto. Era la hija del principal director de la fábrica de cervezas Mahou en España, que llegó a nuestro país en 1890 precisamente para crear este negocio. En aquella época su familia no tenía nada que ver todavía con los servicios de espionaje, pero la Stauffer, que era realmente una persona muy activa según me han contado sus familiares, incluso varios de los sobrinos con los que hablé, quedó fascinada con Hitler y ayudó desde España a muchos de los agentes que pasaban por nuestro país. Tocaba el piano, esquiaba y era una gran nadadora; una persona sumamente activa, en definitiva, que estaba estrechamente relacionada con la Falange, hasta el punto de llegar a ocupar un cargo en este movimiento. Esta íntima amiga de Pilar Primo de Rivera tenía el enorme salón de su casa solariega en Madrid, según me contaba uno de sus sobrinos, lleno de centenares de botas, de abrigos y de camisas que daba a los soldados nazis que habían huido de la Francia ocupada cuando ésta fue liberada. Además, se encargaba de entregar documentación a los espías y ciudadanos alemanes necesitados que pasaban por Madrid en aquellos años, para luego ayudarles a pasar la frontera. Así, no extraña que los Aliados estuvieran absolutamente enloquecidos con sus actividades y que la denunciaran en cantidad de ocasiones, aunque nunca llegó a ser detenida puesto que tenía todo el apoyo de la Falange y fundamentalmente de su ya mencionada amiga, Pilar Primo de Rivera.

Las instituciones alemanas en España sirvieron de gran cobertura para el espionaje nazi en aquella época (los consulados también), y gozaron, por supuesto, de todas las ventajas. Desde el año 1939 existía un convenio entre el general español Martínez Anido y Himmler por el que cualquier alemán sospechoso de no apoyar a la causa nazi en nuestro país podía ser detenido y repatriado de inmediato sin ningún tipo de extradición ni de juicio preliminar. Esto facilitó el que los agentes de Paul Winzer, el jefe de la Gestapo en Madrid, persiguieran e investigaran constantemente a toda la colonia alemana buscando sospechosos o personas proclives a facilitar ayuda a los Aliados. Y tal hecho provocó que mucha de la gente que vivía en Madrid y en Barcelona les tuvieran auténtico temor a Winzer y a sus esbirros, que constantemente estaban echándoles anzuelos en las recepciones y fiestas para ver si había algún alemán que no estaba a favor de Hitler y detenerlo y extraditarlo inmediatamente. Incluso se llegó a crear una red que se llamaba la Red Ogro, presuntamente dirigida por un alemán que se apellidaba Hoffmann y que llegó a ser cónsul de Alemania en Málaga hasta hace muy pocos años, para secuestrar alemanes sospechosos de no apoyar a Hitler. Esta red la incluían alemanes que vivían en Madrid y algunos destacados falangistas, y aparece sobre ella muchísima documentación.

A los espías profesionales también habría que añadir el caso de centenares de agentes no profesionales, de personas que no pertenecían ni a las SS ni a la Gestapo pero que colaboraron con el régimen de Hitler porque fueron muy presionados. Muchos de ellos se encontraban en el País Vasco y en Andalucía, y eran empresarios muy emprendedores que vinieron aquí en los años 20 huyendo de la crisis en Alemania y que crearon empresas muy prósperas. Estas empresas trabajaron al servicio de la causa nazi facilitando minerales y abasteciendo así los barcos de la flota alemana durante la guerra. Algunos lo hicieron complacidos con sus ideas y otros muchos simplemente porque fueron tremendamente presionados y no les quedó más remedio que colaborar para no ser detenidos y repatriados a su país. Y entre estas redes de espías que, insisto, incluían nombres de cientos de personas, hubo también algunos criminales. Como por ejemplo George Henri Delfanne, un caso sintomático y muy importante que supuso una auténtica pesadilla para los miembros de la Resistencia en Francia. Según testimonios de centenares de personas, a manos de éste murieron más de 200 miembros de dicha Resistencia con las famosas torturas de la bañera, que llevaba a cabo en su despacho, en el centro de París. Delfanne era un agente al servicio de la Gestapo y un apasionado del arte, por lo que participó en el contrabando de las obras expoliadas en toda Europa por los nazis. Huyó pocos meses antes de la liberación de París. Permaneció unos meses en San Juan de Luz y luego cruzó la frontera y se refugió en San Sebastián. Vivía plácida y tranquilamente en un piso magnífico en el centro de la capital donostiarra, y allí se encontraba cuando tres policías franceses, uno de ellos de origen español, Antonio López, cuyos padres eran de Huesca y se habían exiliado a Francia, intentaron secuestrarlo en una misión realmente novelesca.

Dichos policías franceses cruzaron la frontera en un vehículo sin armas, con cuerdas, cloroformo y otros utensilios, concertaron una cita con Delfanne, para lo cual Antonio López le había engañado unos meses antes diciéndole que quería ayudarle a trasladar sus fortunas de París, y lo secuestraron. Lo maniataron muy cerca del Puente de Santa Cristina, en el centro de la capital donostiarra, con tan mala suerte que un guardia civil que pasaba por la zona con su novia los detuvo al ver lo que estaba sucediendo -un dato realmente curioso-. Así, Delfanne fue trasladado a su piso de nuevo y permaneció bajo arresto domiciliario mientras los tres policías franceses permanecían ocho meses en el calabozo del Gobierno Civil, tras los cuales fueron juzgados y condenados en un consejo de guerra, aunque finalmente fueron liberados al concluir la contienda por las presiones francesas. Finalmente, Delfanne huyó de España y se refugió en Alemania, donde fue detenido al terminar la guerra para ser trasladado a Francia y colgado en un castillo a las afueras de París.

Cuento este ejemplo como dato bastante sintomático del trato de favor que algunos criminales de guerra como Delfanne tuvieron en España en aquella época. Pero volviendo a los espías, lo cierto es que la lista sería prácticamente interminable. En las consultas que he hecho en los archivos de Madrid, en el Palacio de Santa Cruz, he encontrado listas negras con más de 700 personas a las que los Aliados acusaban de colaborar con el gobierno de Hitler. ¿Qué ocurrió con estas personas? ¿Cuál fue su destino al concluir la guerra? Pues según la documentación oficial que consta en dichos archivos, solamente unas 200 personas fueron entregadas; la mayoría, de segunda y tercera categoría (cuando los Aliados describían a los espías nazis en España los catalogaban en primera, segunda y tercera categoría). Es decir, que en el examen de estas listas se demuestra que los que se entregaron, que fueron muy pocos, eran personas que no tenían prioridad para los Aliados. Los más importantes, en cambio, esto es, los de primera categoría, recibieron el apoyo de la policía española, de la Iglesia y de los altos cargos del gobierno de Franco, que les avisaban del día y la hora en la que iban a ser detenidos para que huyeran. En los archivos he encontrado cartas de Carrero Blanco, entonces subsecretario de la presidencia, de Carmen Polo, esposa de Franco, o de cargos como Carlos Rein, que era ministro de Agricultura y conocido falangista, en las que se intercedía sin ningún empacho, clara y abiertamente, para que estas personas se salvaran y no fueran repatriadas ni detenidas al concluir la guerra.

No obstante, los Aliados, muy obsesionados por la presencia de estas personas en España, no bajaron la guardia. En octubre del año 1947, los miembros del Servicio de Inteligencia Británico establecidos en España redactaron una nueva lista negra (mi libro se titula así, La Lista negra, precisamente por eso, porque se les llamaba así a esas listas en las que se denunciaba a los presuntos espías alemanes) en la que aparecían los nombres de 104 presuntos agentes nazis en España. Personas que debían de ser detenidas de inmediato, a juicio de los Aliados, y entregadas a la nueva Alemania. Según éstos, eran la flor y nata de los servicios de inteligencia nazi. Allí estaban Hans Lazar, el judío del que les hablaba antes, el jefe de la Propaganda nazi, que tantísima influencia tenía sobre la prensa española; Clarita Stauffer, la deportista y filantrópica mujer que acogía a los soldados nazis que huían de la Francia liberada; Johann Ther, el cineasta del que también les he hablado, e incluso destacados empresarios alemanes que residían en Barcelona, Madrid, el País Vasco y otros puntos de España. Todos ellos, en definitiva, personajes de lo más significado en su colaboración con Hitler. Junto a sus fichas aparecían el domicilio en el que vivían y el servicio para el que trabajaban, esto es, las SS, la Gestapo, el SD (el Servicio de Seguridad) o el Abwehr.

El interés de los vencedores, de los Aliados, en que se capturara a estas personas era tan grande y tan importante que llegaron a ofrecer al gobierno español un ventajoso acuerdo para repartirse esas 350 empresas alemanas de capital nazi en España de las que les hablaba antes. Unas empresas que en aquella época estaban valoradas en más de 1.000 millones de pesetas (les mencionaba el Deutsche Bank, aseguradoras como Plus Ultra, toda la red de colegios alemanes en España, terrenos, mataderos, empresas mineras y navieras). Un gran patrimonio que se embargó al terminar la guerra por la presión de los Aliados, que justificaban que aquel capital era nazi y que vivían obsesionados con que esa especie de Caballo de Troya, ese poderoso holding dentro de España, podía servir para constituir o crear en el futuro un nuevo Reich. Sin embargo, no sólo se embargó y confiscó dicho patrimonio, sino también todo el capital y todos los bienes de los alemanes afincados en nuestro país. Se les restringió el dinero que tenían para vivir incluso a familias que no tenían nada que ver con el régimen de Hitler y que pasaron auténticos apuros para salir adelante. Algunas de estas personas consiguieron salvar sus bienes porque recibieron la llamada o el chivatazo de las personas de la administración franquista de la época para que los pusieran a buen recaudo antes de que fueran embargados.

Pero como les iba diciendo, según la investigación que hice sobre los presuntos nazis que aparecen en esta última lista del año 1947 y que fueron reclamados por los Aliados para que se rindieran a toda costa, he llegado a la conclusión, y así consta en mi libro, de que ninguno de ellos fue entregado. Y hay documentación que lo acredita fehacientemente. Se estudió dentro de la administración española qué hacer con estas personas, para lo cual hubo un hombre encargado de estudiar el perfil de estos presuntos agentes nazis que casualmente fue otra persona realmente importante en aquella época: Emilio de Navasqüés, subsecretario de Economía Exterior y Comercio, y posteriormente embajador en el Vaticano en Francia y en Argentina. Lo cierto es que no tenía pelos en la lengua. Era un funcionario muy eficiente que contaba todo como lo veía. Por eso dejó patente en sus escritos la clara protección del gobierno de Franco a los espías de Hitler, y en sus notas los dividió en varias categorías. En la primera categoría incluyó a 26 agentes profesionales y recomendó que fueran entregados para calmar la ira de los Aliados (en aquella época éstos también tenían un poder económico importante y presionaron muchísimo a Franco para que entregara a estas personas porque entregaban al gobierno español cereales y medios que éste también necesitaba, además de que el Generalísimo se apartó de Hitler cuando éste perdió la guerra y tuvo que hacer caso a estas presiones aliadas). Les llamaba "espías profesionales", y entre ellos aparecía Burbach, por ejemplo, el cónsul de Alemania en Bilbao del que les hablé antes, que ayudó a Franco a ganar la guerra con su intercesión para que se recibiera en Berlín al enviado alemán, a ese comerciante del que les hablaba antes.

En la segunda categoría, Navasqüés incluyó a otras 36 personas de las que dijo que no había pruebas suficientes sobre sus actividades, aunque algunas de ellas podían ser entregadas, según él. Y en la tercera y última categoría incluyó a otras 39 que, en su opinión, no debían ser entregadas bajo ningún concepto porque, y cito textualmente, "su historia interesa a la economía nacional o merecen por parte de las autoridades españolas una especial consideración". Ésa fue la nota que escribió el funcionario español. En este grupo figuraban directivos, empleados y técnicos de empresas nazis en España tales como Bernhardt, el presidente de ese gran imperio económico alemán del que ya les he hablado antes y del que acabo de referirme en el párrafo anterior, ese alemán comerciante que consiguió entrevistarse con Hitler para que enviara la ayuda que le pedía Franco, necesaria para ganar la guerra. O como Martín Artajo, ministro de Asuntos Exteriores y parte de esa red de testaferros españoles que se habían creado y que encubrían las empresas nazis, y al que Navasqüés también avisó. Es curioso que los definiera a todos ellos diciendo: "Son de tres categorías: el hombre de paja de buena fe, que ha confesado su carácter; el hombre de paja contumaz, que lo niega, y el hombre de paja aprovechado". Con "aprovechado" se refería a que la mayoría de estas personas que actuaron como testaferros, como hombres de paja de las empresas alemanas en España, cobraron de los nazis por sus servicios. Era el caso de Demetrio Carceller, por ejemplo, ministro de Comercio y un caso realmente flagrante porque, según la documentación que aparece en los archivos españoles, cuando el propio Franco mandó que no se enviara más wolframio a las tropas alemanas (como ya he comentado, este material era fundamental para construir los carros de combate), puesto que los Aliados presionaban y demostraban que se les estaba abasteciendo con el wolframio obtenido en España, Carceller, bajo cuerda y a espaldas de Franco, permitió que se siguiera enviando ese wolframio a las tropas alemanas por Irún, por ejemplo. Así, durante la noche, los camiones cargados de wolframio atravesaban la frontera y lo trasladaban a la Francia ocupada. La verdad es que la desesperación de los nazis por trasladarlo a Alemania era tal que incluso al final de la guerra se encontraron en la sede del Abwehr, del Servicio de Contrainteligencia alemana en Madrid, en Claudio Coello, en el centro de la capital, varias toneladas de este mineral apiladas contra las paredes porque no sabían ya dónde esconderlo. E incluso los aviones de la Lufthansa llegaron a trasladar el wolframio a Alemania al final de la guerra porque era el alimento de la maquinaria bélica alemana.

Pues bien, volviendo a los espías, la conclusión que se saca del examen de esta documentación es que ninguno de ellos fue entregado a los Aliados. Cada uno de ellos vivió una experiencia y una peripecia personal diferente, pero en la mayoría de esos casos fueron apoyados por la Administración, como le ocurrió a Ivo Obermueller, jefe de la Inteligencia Naval en Madrid, ejemplo muy esclarecedor. Conseguí localizar a su viuda en Alemania hace unos meses y me comentó algo realmente curioso: fue detenido y trasladado a los calabozos de la Puerta del Sol, en Madrid, para que confesara el número de la cuenta corriente en el que el Servicio de Contrainteligencia Naval de los nazis tenía su dinero. Después de varios días de incomunicación, confesó ese número de cuenta corriente y los Aliados pudieron hacerse con ese dinero. Y según me contaba su viuda, cuando él facilitó esta información, la policía española le dio una cena de homenaje con traje de gala y le cantaron el Danubio Azul como despedida. Quince días más tarde, la propia policía que le había detenido le avisó del día y la hora en que iban a ir a detenerle porque los Aliados seguían presionando para que se repatriara en Alemania. Así que naturalmente desapareció.

Otras personas fueron confinadas en Caldes de Malavella o Miranda de Ebro, y aunque la mayoría no fue repatriada, allí vivieron con total y absoluta libertad. Además, en aquella época existían personas que ayudaban a muchos de los perseguidos alemanes, sobre todo a los más comprometidos, a huir hacia Sudamérica. Evidentemente, aquéllos que pertenecían al mundo de la empresa y colaboraron con Hitler no huyeron porque tenían la protección del régimen de aquella época. Lo cierto es que no habían cometido ningún crimen, sino que simplemente habían colaborado con el régimen que les presionó para que lo hicieran. Así que permanecieron en España huidos o escondidos en casas de familiares o amigos. No obstante, hubo otras personas que, insisto, estaban más comprometidas porque habían participado motu proprio con Alemania y que, por tanto, tuvieron que huir, para lo que contaron con la ayuda de una serie de redes a cuyo mando había gente muy influyente que les permitió y facilitó marchar al sur de América. Y es precisamente en este punto donde hay que señalar el importante papel que jugó la Iglesia española oficiosamente, no ya como institución, puesto que como tal hizo pública una encíclica muy dura del Papa Pío XII contra el nazismo.

Por cierto que, a propósito de esta colaboración eclesiástica, me gustaría hablarles del personaje principal de mi libro, Reinhard Spitzy, un espía profesional que vino aquí en el año 1942. A lo largo de las páginas de La lista negra, cuento las peripecias fascinantes de este hombre, que representa un caso muy esclarecedor del apoyo de la Iglesia a los perseguidos en aquella época. Efectivamente, Spitzy huye de Madrid en el año 1943 y se refugia en Santillana del Mar, en Cantabria, donde se esconde bajo el manto de la Iglesia, en parroquias de curas cántabros. Además, pasa dos de los tres años de huida en un monasterio cisterciense de Burgos, en San Pedro de Cardeña, disfrazado de sacerdote. Se hace llamar Ricardo de Irlanda y permanece recluido en la torre de ese monasterio. Posteriormente, Spitzy, cuya historia resulta realmente fascinante, es trasladado por los propios sacerdotes y vestido de cura hasta Bilbao, a cuyo puerto se le lleva porque era la principal vía de escape para los espías nazis de la época, junto con otros como el de Vigo y Cádiz. Así, en un barco de la Naviera Aznar huyó hacia Argentina, un destino muy habitual para toda esta gente.

No obstante, la mayoría de ellos siguió entre nosotros y atrajo como un auténtico imán a otros personajes importantísimos que huían de Europa por asuntos muy comprometidos y que buscaban refugio en España. Por todo ello, nuestro país se convirtió en un lugar tan cómodo y seguro que los periódicos franceses y británicos aseguraban que en España, después de la guerra, había incluso un proceso de naturalizaciones, esto es, de nacionalizaciones españolas. Hablaban de que se había facilitado la ciudadanía española a más de 30.000 alemanes, aunque, según los datos que he podido consultar, eso es absolutamente falso y esos casos fueron más bien excepcionales. Es decir, que las cifras dadas por franceses y británicos en aquella época eran, desde mi humilde opinión, completamente exageradas.

Claro que también podríamos hablar de casos como el de León Degrelle, un personaje que se refugió en España y al que se le facilitó una identidad falsa. Este hombre llegó a San Sebastián a bordo de la avioneta de Albert Speer, el arquitecto de Hitler, en el año 1945. Su aparato aterrizó en la playa de La Concha, aunque Degrelle, al que llamaban el "führer belga" o también "el hijo adoptivo de Hitler", huía hacia Sudamérica, y aquí vivió hasta su muerte bajo el pseudónimo de León José de Ramírez Reina, otorgado por el propio Franco. Atrajo tras él a cantidad de importantes nazis que huían de Europa, entre los cuales podemos destacar a Otto Skorzeny, el ex coronel de las SS que liberó a Mussolini en el Gran Sasso, a Antton Galler y a Gerhard Bremer, también miembros, ambos, de las SS. El último murió hace nada, en el año 1997, si mal no recuerdo, en Marbella, acompañado de su esposa. Y en cuanto a Galler, otro de los casos representativos, insisto, de la atracción que produjo España por su "parálisis" a la hora de detener nazis, que protagonizó la mayor masacre producida en Italia durante la ocupación nazi, una matanza en Santa Ana, un pueblo en el que murieron 400 personas, la mayoría mujeres y niños, se refugió en Denia, Alicante, uno de los lugares preferidos por los espías nazis para ocultarse durante aquella época. Yo mismo descubrí su tumba en el pequeño cementerio de dicho pueblo y, según su lápida, murió en el año 1995, también acompañado de su esposa. Esto quiere decir que, en definitiva, toda España, de Norte a Sur y de Este a Oeste, se convirtió en la madriguera preferida de muchos colaboradores de Hitler que huían de la derrota a partir de los años 50. Y ahora que han pasado casi 60 años, creo sinceramente que es un buen ejercicio de higiene histórica el enfrentarnos a nuestro propio pasado y recordarlo.



Fuentes:

elpais.com › Cultura
http://librosmelior.org/
http://www.casadellibro.com/
http://www.alibri.es/
http://www.libros-antiguos-alcana.com/

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Re: LA LISTA NEGRA, José María Irujo

Mensaje por toryu » 23 10 2016 23:58

[correcto]FICHA CORREGIDA Y AMPLIADA.[/correcto]

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