Alemanes que espiaron para Stalin

Descripción: La historia de dos alemanes, Paul Thuemmel y Rudolf Roessler, que espiaron a favor de la URSS y avisaron a Stalin sobre la Operación Barbarroja.

Los servicios de inteligencia

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Alcazar
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Alemanes que espiaron para Stalin

Mensaje por Alcazar » 22 01 2008 13:43

Esta es la historia de dos alemanes, Paul Thuemmel y Rudolf Roessler, que espiaron a favor de la URSS y avisaron a Stalin sobre la Operación Barbarroja, sin embargo, Stalin siempre estuvo convencido que ningún peligro amenazaba a su país.

Paul ThuemmelPaul Thuemmel

Rudolf RoesslerRudolf Roessler
Las primeras informaciones sobre la “Operación Barbarroja” las había recibido Stalin del mismo Churchill en otoño de 1940. eran informaciones de primera mano que el Intelligence Service había recibido de un agente secreto de nacionalidad alemana. Este agente, que se llamaba Paul Thuemmel, era un amigo de infancia de Himmler, y gracias a esta importante amistad había podido hacer una brillante carrera en la jerarquía nazi. Su vocación al espionaje no estaba dictada por motivos ideológicos, sino sólo por el deseo de lucro. Sin embargo, sus informaciones siempre habían resultado seguras.

En noviembre de 1940, Thuemmel había comido con Himmler, y durante el almuerzo se había quejado de la pésima calidad del pan. Himmler sonriendo le había respondido: “Pronto resolveremos también este problema. Daremos a nuestros panaderos excelente harina. Harina soviética”.

Para Thuemmel, estas palabras tenían un claro significado. Y después de algunos días de investigación, el agente “A 54” podía comunicar a Londres que la “Operación Barbarroja” comenzaría en la primavera de 1941.

Esta información fue la última transmitida al Intelligence Service por “A 54”. Poco tiempo después Paul Thuemmel fue capturado por la Gestapo, y terminó en un campo de concentración; fue muerto de un tiro en la nuca el 20 de abril de 1945 en Theresienstadt, poco antes de que el Lager (campo) fuera ocupado por las fuerzas aliadas.

Apenas la importante noticia llegó a conocimiento de Churchill, éste respiró aliviado. En aquel período Inglaterra estaba soportando sola todo el peso de la guerra. Muchos consideraban próximo su fin, y Churchill no veía otro camino de salida que inducir a los Estados Unidos o a la Unión Soviética a entrar en el conflicto para ocupar en otros frentes a las tropas del Eje. Por eso no dudó en enviar a Moscú el informe completo de su servicio secreto. Dirigió el mensaje al mismo Stalin y añadió de su mano estas palabras: “A vuestra excelencia no se le ocultará la importancia de esta información”. Stalin, sin embargo, no le dio ninguna importancia al mensaje, y continuó como siempre su peligroso flirt con los nazis.

En los meses que siguieron, otro agente secreto de nacionalidad alemana, pero al servicio de los rusos, recogía de otras fuentes las mismas noticias reunidas por “A 54” a propósito de la “Operación Barbarroja”. Este agente se llamaba Rudolf Roessler.

Roessler, después de haber huido de Alemania, se había instalado en Lucerna llegando a director de una casa editorial especializada en publicaciones antinazis. Después se había hecho amigo del agente ruso Alexander Rado, jefe de una red de espionaje que operaba en Suiza, y Roessler, con su fe comunista, no había tardado en aceptar el encargo de actuar como espía de los soviéticos.

Hasta su muerte, Rudolf Roessler no quiso revelar nunca los nombres de sus informadores. Pero debía de tratarse de personalidades muy influyentes en los ambientes militares alemanes, porque sus informaciones resultaban siempre exactas. Fue precisamente a través de su personal de la red de espionaje como Roessler conoció que Hitler había cursado la “Normativa número 21”, es decir, la orden de intensificar los preparativos de la invasión de la URSS que debería tener lugar en las primeras semanas de junio.

Estaban entonces en enero de 1941, y faltaban casi cinco meses para la hora “H” que señalaría el comienzo del ataque. Roessler corrió a Alexander Rado y muy excitado le transmitió la información rogándole advertir inmediatamente a la central de Moscú.

La noticia llegó normalmente al Kremlin con la garantía de Alexander Rado, el cual había tendido modo de comprobarla. Pero este segundo anuncio tuvo la misma decepcionante acogida que el primero, y Stalin rehusó tomarlo en consideración y no quiso reforzar sus defensas.

El dictador soviético seguía empeñado en creer que ningún peligro amenazaba a la Unión Soviética. Así, hablando con el embajador alemán, le dijo que no prestara atención a aquellos rumores considerándolos una maniobra de los servicios secretos occidentales, que esperaba así convencerle de romper el pacto de no agresión que le mantenía unido al Estado alemán.

A pesar de la obstinación de de Stalin en no querer creer en la proximidad de la invasión alemana, los generales soviéticos llevaban tiempo preocupados. En contra de la opinión oficial, consideraban que la guerra estaba muy cercana. Pero estaban habituados a no manifestar libremente su propio pensamiento porque sabían que, con Stalin, eso podía ser muy peligroso.

Así, a fin de no correr riesgos personales, los generales hicieron correr un riesgo mortal a todo el país.

Hay un tercer espía alemán que trabajó para Moscú, Richard Sorge

Fuente: Crónica Militar y Política de La Segunda Guerra Mundial – Editorial Sarpe – Tomo 2

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