Fantasmas

Descripción: Heinrich Severloh acomodó por enésima vez la almohada sin dejar de quitar sus marchitos ojos de la pequeña y herrumbrada ventana que lo separaba del mundo.

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fenet
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Fantasmas

Mensaje por fenet » 26 03 2011 03:55

Los dioses del día D Heinrich Severloh

Heinrich Severloh acomodó por enésima vez la almohada sin dejar de quitar sus marchitos ojos de la pequeña y herrumbrada ventana que lo separaba del mundo exterior. Afuera, los últimos rayos de sol se desvanecían silenciosamente como vagos vestigios de lo que había sido una agradable tarde de invierno.

Aunque habían transcurrido varios días desde la última nevada en el pequeño pueblo de Lachendorf, los huesos del viejo anunciaban su inminente regreso. Sin embargo, ni la nieve ni el invierno le preocupaban. Ya nada, o casi nada, podía preocuparle a sus largos y gastados ochenta años.

Sin necesidad de consultar su reloj, una baratija comprada en tiempos de guerra, el viejo aguardó a que el lejano reloj a cuerda del piso inferior diera las seis campanadas. Luego, contó hasta diez para sentir los habituales tacos de la señorita Fink contra los escalones de cedro mientras subía la escalera.

Impaciente, a pesar de saber que tras cinco minutos en la habitación de al lado golpearía puntualmente su puerta, el viejo agregó una pequeña almohada a la pila de tres en la que apoyaba la cabeza y parte de la espalda. Después consultó por primera vez el reloj en lo que iba del día: aún restaban dos minutos para que ella lo visitara. Frustrado como un niño que no es consentido, barrió con un violento manotazo las revistas que tenía en una mesa de luz junto a la cama.

– ¡Señor Severloh! ¿Puedo pasar? – sintió del otra lado de la puerta la aguda y a la vez familiar voz de la enfermera.

– Si no hay otra posibilidad – fingió fastidio el viejo como acostumbraba diariamente desde hacía más de tres años, cuando sus hijos habían decidido deshacerse de él depositándolo en una pintoresca casa para la tercera edad situada en un remoto pueblo germano.

– Yo sé que le alegra verme – aseguró la voluminosa enfermera– ; aunque sólo sea por la medicina y la sopa.

Severloh dio un fuerte suspiro como única respuesta.

Acostumbrada a lidiar con viejos verdaderamente tercos, la señorita Fink mostró su blanca dentadura e inmediatamente se puso en acción.

En menos tiempo del que él hubiera deseado, el viejo observó calladamente como la mujer recogía las revistas del suelo, acomodaba las almohadas y le hacía tragar en un santiamén el potaje junto con la media docena de pastillas, que su cuerpo exhausto necesitaba para sobrevivir.

– Cada vez tiene menos apetito, Heinrich. ¡Debe comer más! – lo amonestó cariñosamente la enfermera mientras le tomaba la presión.

– ¿Para qué?

La señorita Fink desvió por un instante su atención de los chequeos habituales a los que sometía al viejo, para observar su semblante: los diminutos ojos oscuros parecían hundírsele cada vez más en las cuencas, mientras que una amarillenta palidez le cubría todo el rostro y sólo era contrastada por el color violáceo de unos labios aún carnosos que rodeaban una boca más bien pequeña.

– Su reacción parece darme la razón, señorita Fink – señaló el viejo que aún conservaba esporádicos momentos de aguda lucidez.

Contrariada por su propia reacción ante el moribundo rostro del enfermo, la mujer esquivó los ojos del viejo y fingió volver a su tarea.

– Estoy cansado, señorita Fink. Muy cansado – el viejo hizo una pausa para traer un poco de saliva a su árido paladar– . Igualmente no me opongo a estas estúpidas pastillas que intentan alargar lo inevitable. Soy un viejo acosado por fantasmas...

– ¡Me parece que está muy grandecito para creer en fantasmas, señor Severloh! – lo interrumpió un tanto brusca la enfermera, sabedora de lo que seguiría.

– Ríase si quiere, ¡búrlese! – se defendió el anciano resignado– . Pero por favor no me deje a oscuras.

Avergonzada por su brusca reacción, la señorita Fink se alejó de la cama donde reposaba el enfermo para acercarse al pequeño ventanal. De espaldas al viejo, se dedicó a observar el mágico firmamento rosáceo del crepúsculo vespertino en tanto intentaba recuperar el control sobre sí misma. Tal como los estruendos de una tormenta de verano, los llantos del viejo, aunque apenas audibles, machacaban incontenibles sus oídos hasta calar en lo más profundo de su delicada alma de mujer.

– ¿Por qué me hace siempre la misma escena, Heinrich?, ¿acaso no le da vergüenza aprovecharse con cuentos de la bondad de una dama? – lo encaró la enfermera en un último intento antes de ceder a lo inevitable.

– No son cuentos, señorita mía – afirmó el anciano mientras se enjugaba las lágrimas– . Están ahí, esperan a la noche para atormentarme.

– ¿Quiénes son señor Severloh? – preguntó la enfermera siguiéndole la corriente en su afán de tranquilizarlo.

– Cientos y cientos de jóvenes – aseguró el enfermo con los ojos clavados en la incipiente oscuridad que reinaba al otro ladro del vidrio– . Sus rostros son borrosos pero sin duda son ellos. Hay uno, sólo uno...

– ¡Señor Severloh!

– ¡Nos van a matar a todos! – gritó un soldado fuera de sí, aterrorizado ante los centenares de proyectiles que caían a su alrededor.

Convencidos de que sólo podían esperar una muerte rápida e indolora, la mayoría de los soldados de la 352ª División de Infantería alemana aguantaban agazapados en sus refugios costeros, en tanto los navíos y los bombarderos aliados seguían machacando las costas normandas.

Por más de dos horas, los defensores, atrincherados en las playas a lo largo de la llamada “Muralla Atlántica”, permanecieron inmóviles con los dientes apretados viendo como sus camaradas eran desintegrados en el interior de sus posiciones por el fuego artillado.

Cuando ya creían que aquel infierno nunca acabaría, los proyectiles dejaron de llover.

– ¡Asomen sus condenados culos de los pozos que ya vienen! – espetó a los hombres el curtido teniente Ferking, al descubrir en el virulento mar centenares de lanchas de desembarco acercándose hacia sus posiciones.

– ¡Hein, tienes que ver esto! – llamó obnubilado el soldado Seidel al cabo a cargo de la ametralladora.

El cabo se quedó boquiabierto ante el sobrecogedor panorama al igual que el resto de los treinta soldados que se atrincheraban en el “Nido de Resistencia 62”, un descampado a veinticinco metros sobre el nivel de la arena en el extremo oriental del sector “Easy Red” de la que los aliados habían denominado “Playa Omaha”.

– Ni con todos los obstáculos de la playa los detendremos – afirmó un soldado, desalentado por el enorme despliegue del enemigo.

– Nada de dilapidar municiones disparándole a las lanchas – ordenó el teniente– . Sólo abrirán fuego cuando las rampas estén abiertas y los soldados con el agua por las rodillas.

Ajenos a las instrucciones del oficial, la mayoría de los soldados se pegaron al suelo en tanto dedicaban sus últimos pensamientos antes de la acción a rezar o simplemente a recordar tiempos mejores.

– ¿Qué hora es, Hein? – preguntó Seidel a su compañero de pozo para disimular el miedo.

– Las sei...

– ¡Señor Serveloh! – sintió el viejo una voz de mujer reclamarlo con desesperación desde la lejanía.

A escasos cincuenta metros de la arena, la lancha de vanguardia abrió su compuerta para expulsar de su interior a los primeros combatientes norteamericanos en Omaha. Con el agua a la altura de la cintura el pequeño grupo de combatientes comenzó a acercarse a tierra firme sin sospechar el infierno que los aguardaba.

A poco más de doscientos metros, el cabo Severloh apuntó la ametralladora en dirección al grupo de infantes, en tanto Seidel acomodaba las cintas de municiones para abastecer el arma.

Antes de comenzar a disparar, el cabo accionó el seguro y se dispuso a seleccionar un blanco: apuntó en el pecho a un joven soldado que avanzaba en vanguardia. Aún a pesar de la distancia pudo ver como caía muerto, herido en la cabeza. Luego disparó a la muchedumbre.

Con un sonido similar al que se produce al desgarrar una tela por su alta cadencia de tiro, la MG-42 de Severloh y Seidel se mantuvo activa a lo largo de una hora, hasta que se recalentó el cañón. Inmediatamente, el ayudante del ametrallador se apuró a reemplazarlo por otro, mientras que el cabo continuaba disparando con su fusil Mauser.

Enajenados por el fragor del combate, los defensores alemanes no paraban de disparar hacia las tropas que seguían llegando infatigablemente para suplantar a los recién caídos.

– ¡Muy bien, Hein! Mantenga esta ametralladora activa – felicitó el teniente Ferking al cabo– . La otra la volaron.

Serveloh apenas si desvió su atención para observar de soslayo al oficial. Como un autómata sólo vivía para aferrar el gatillo y hamacar el arma hacia los flancos.

Recién se tomó una breve pausa luego de tres horas cuando la ametralladora se quedó sin balas. Al buscar a Seidel para recriminarlo por la demora, descubrió que su camarada yacía muerto a su lado con un gran hoyo en la frente.

Sin tiempo para lamentarse, corrió hasta el hoyo de al lado para conseguir un nuevo asistente.

– Tú, ven conmigo – ordenó a un joven soldado que disparaba solitariamente un Mauser.

Nuevamente en su posición, Serveloh apuntó la letal ametralladora hacia la convulsiona playa para acribillar a una nueva oleadaza de infantes.

Una docena de americanos que corría a refugiarse tras una de las vigas de acero instaladas por Rommel fue destrozada por las balas de Serveloh. Inconmovible, el ametrallador alemán vio caer en un par de segundos a todo el grupo.

– ¡Cambia el cañón! – ordenó el cabo al soldado que lo asistía, antes de tomar nuevamente el Mauser. Dos hombres más cayeron presa de su puntería.

– ¡Señor Serveloh! ¡Heinrich, por favor! – rogó desesperada la mujer mientras sacudía por el hombro al anciano.

En un mundo que parecía haberse detenido en una hora maldita, Serveloh reparó en su reloj pulsera cuando ambos cañones de la ametralladora se habían recalentado. Incrédulo de que ya fuera medio día, el cabo se fijó en el rostro agotado del tercer asistente que tenía en la jornada. El cadáver del primero yacía en el mismo lugar, en tanto que la suerte del segundo la ignoraba.

– Dejémoslos enfriarse aunque sea unos minutos – aconsejó el cabo Franz Gockel al advertir la impaciencia de su camarada.
– ¡Maldita sea! ¡Condenada suerte! – insultó frustrado Serveloh al ver como las lanchas norteamericanas seguían llegando.
– ¡Al suelo! – alcanzó a gritar Gockel antes de que el proyectil estallara.

De súbito en el aire, los dos hombres fueron arrancados de su posición por una correntada de aire caliente para dar violentamente contra el suelo.

– ¡Susto que me ha dado, Heinrich! Eso no se hace – amonestó aliviada la enfermera al viejo al ver que éste pestañaba.
– Eran jóvenes – balbuceó el enfermo al abrir los ojos– . No apague la luz jovencita. Se lo ruego. Ellos me esperan, ¡por favor!
– No se preocupe, señor Serveloh, sólo ha sido una pesadilla – intentó consolarlo la señorita Fink aún nerviosa acariciándole la frente sudada.

– ¡Yo no soy una bestia! – declaró de repente el enfermo enajenado sentándose en la cama– . ¡Cumplía órdenes al igual que ellos!.

– Tranquilícese, señor Serveloh. Su corazón es muy débil – lo aconsejó la señorita Fink sobrepasada por la situación.

Una fuerte e inesperada convulsión estremeció por un instante el cuerpo del anciano, tras lo que se desplomó nuevamente sobre la pila de arrugadas almohadas.

– ¡Arriba, cabo! No tiene nada – escuchó Serveloh la voz del teniente reclamándolo.

– Está exhausto, señor. El cabo ha operado la ametralladora durante ocho horas – intentó Gockel excusar a su camarada– . Ya no tiene sentido seguir aquí. Todos están muertos o se han largado.

Ferking se mantuvo rígido sin modificar su actitud, hasta que el mismo Gockel ayudó al herido a ponerse nuevamente en pie.

Aún mareado y con un codo en carne viva, Serveloh volvió al pozo a ocupar su lugar con la ametralladora. En contra de su parecer, Gockel lo siguió para continuar con su tarea de reabastecer el arma.

– Iré a ver a los otros – avisó el teniente antes de perderse de vista.

Una nueva explosión se produjo a escasos metros de la posición de los dos suboficiales.

– ¡Larguémonos de una buena vez, Hein! – insistió aterrorizado Gockel.

– Acabemos lo que empezamos – señaló con el índice Serveloh las escasas cintas de municiones que les restaban.

Sabedor de eran las últimas recargas, el ametrallador se concentró en soltar pequeñas ráfagas a los enemigos que más amenazaban su posición.

Tras media hora más de fuego certero, el cabo apuntó por última vez su arma para vaciar las pocas balas que le restaban. Un sargento que socorría a un soldado agonizante cayó muerto junto con otro hombre que operaba un lanzallamas.

Con el dedo firme aún en el gatillo muerto, Heinrich Serveloh observó por última vez el dantesco escenario que se desarrollaba ante sus ojos. Como si por primera vez viera lo que había visto durante nueve largas horas, se sintió con ganas de vomitar. Los cuerpos de centenares de hombres yacían desmadejados a lo largo de la arena mientras las aguas del océano, teñidas de rojo, mecían lentamente decenas de cadáveres.

– ¡Larguémonos ya! – lo apuró Gockel tomándolo del brazo al ver que no reaccionaba.

Manso como un buey al matadero, el cabo se dejó llevar hacia tierra adentro, lejos de la mortandad que en gran parte había creado.

– ¡Yo no soy una bestia! – gritó el viejo desde lo profundo de su ser al volver en sí– . Yo no soy una bestia.
La señorita Fink, ayudada por otra enfermera y el portero del lugar, aferró el cuerpo del enfermo para que no se saliera del camastro.

– ¡Yo sólo cumplía órdenes! Explíquenselos – rogó desesperado el viejo antes de aspirar una última bocanada.

Desesperada, la señorita Fink intentó en vano reanimar al enfermo con un masaje cardíaco. Tras varios minutos de incesante esfuerzo, la otra enfermera la aferró por los brazos para calmarla.

El portero se limitó a cubrir con una sábana el rostro lívido del difunto.

Al día siguiente, en varios periódicos del mundo, la noticia de la muerte de Heinrich Serveloh, el hombre que mató alrededor de mil hombres el día D en las playas francesas, correría como pólvora:

“La bestia de Omaha ha muerto”

Fuente imagen: http://theakker5.deviantart.com/

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Re: Fantasmas

Mensaje por Mariscal Panzer » 26 03 2011 12:29

Si quieren saber de este señor, Hein Severloh "La Bestia de Omaha", les dejo unos enlaces con información.

A Hein Severloh, se le estima autor de la mitad de las 2500 bajas americanas en la playa de Omaha, con su MG42, durante casi 9 horas de locura.

Heinrich Serveloh

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