Es un hecho que se da por cierto que Rommel estuvo implicado en el complot del 20 de julio de 1944 para asesinar a Hitler y que esa participación le supuso la muerte. Redondeando esa figura de héroe, el Generalfeldmarschall se habría sacrificado como mal menor para así hacer posible la supervivencia de su amada familia. Lo cierto, sin embargo, es que la implicación de Rommel en el complot y su opinión sobre el mismo han sido tema de debate a lo largo de los años, pues no existe nada claro al respecto. De lo poco que sabemos sobre esta cuestión, la mayor parte de la información tiene por fuente a Manfred Rommel, hijo del general, por lo que su objetividad es más que discutible, como es lógico.
Parece que podemos dar por seguro que los dos hombres clave del complot del 20 de julio, el doctor Carl Friedrich Goerdeler y el Generaloberst Ludwig Beck, habían buscado el apoyo de Rommel. Necesitaban una figura de renombre que pudiera contrarrestar la sombra de los lugartenientes de Hitler cuando el aparato del NSDAP intentase ocupar el puesto del Führer. Tampoco les iba mal contar con un militar de prestigio y alto rango que pudiera unir al ejército enfrentándose a la SS si fuera necesario. Rommel parecía óptimo, porque además odiaba a Himmler y su gente tanto como al NSDAP, aunque hay que señalar que nunca tuvo entre los generales de la Wehrmacht, la mayoría prusianos, el predicamento de gente "de la casa" como Erich von Manstein.
Erwn Rommel en NormandíaLos conspiradores llegaron a Rommel a través de Karl Strolin, alcalde permanente de Stuttgart y compañero de armas de Rommel en la Gran Guerra, y del teniente general Hans Speidel, jefe de Estado Mayor de Rommel en su última etapa en Francia. Strolin visitó a Rommel en febrero de 1944 para informarle de la conspiración y, al parecer, le desveló en ese momento la existencia de los campos de exterminio. Strolin declararía después que Rommel desconocía la intención de asesinar al Führer y que creía que lo que se haría con Hitler era capturarle para ser juzgado. El 17 de mayo, en una reunión de altos mandos del Frente Occidental en la que el Generaloberst von Stülpnagel habló abiertamente de matar a Hitler, Rommel se opuso expresamente al magnicidio, según las fuentes.
El éxito del Día D habría convencido definitivamente a Rommel de que era imposible ganar la guerra. El 12 de junio se entrevistó con el Generalfeldmarschall Gerd von Rundstedt y hablaron sobre la imposibilidad de ganarla guerra en el Oeste. El 26 de junio se entrevistó en persona con Hitler, por última vez, aunque no sabemos de qué hablaron en ese momento. El 9 de julio los conspiradores hicieron un último intento por ganarse a Rommel. Cesar von Hofacker, emisario de Von Stülpnagel, informó al mariscal del atentado inminente contra el Führer. Existen opiniones contradictorias sobre si Rommel dio por fin una respuesta afirmativa o prefirió no implicarse.

El 13 de julio Rommel redactó una versión ampliada y actualizada de su informe del 12 de junio sobre la imposibilidad de ganar la guerra contra los Aliados y se la envió al Generalfeldmarschall Günther von Kluge, sustituto de von Rundstedt. Von Kluge no lo enviaría a Berlín hasta días después del atentado, lo cual contribuyó a propagar todavía más los rumores contra Rommel. Tres días antes del atentado, el 17 de julio de 1944, Rommel visitó por la mañana los cuarteles generales de las divisiones de infantería 276ª y 277ª. Al mediodía se reunió con Sepp Dietrich en el cuartel general del II Cuerpo de Ejército Panzer de la SS. Hacia las cuatro de la tarde se encaminó de regreso hacia su propio cuartel general, y durante el trayecto su coche fue ametrallado por una pareja de Spitfire de la RAF. Rommel salió despedido del vehículo y quedó tendido en la carretera, inconsciente. Sufrió fractura cuádruple de cráneo, heridas en la cara y una enorme hinchazón que le cerró el ojo izquierdo. Los doctores que le atendieron se mostraron pesimistas en cuanto a sus expectativas de supervivencia.
Cuando el coronel Claus von Stauffenberg intentó matar a Hitler con una bomba, tres días después, Rommel, inconsciente, se encontraba a medio camino entre la vida y la muerte en una sala de operaciones en la que se afanaban por reconstruir su cráneo. Para sorpresa de todos, Rommel superó las operaciones con el ojo izquierdo totalmente cerrado, sordo del oído izquierdo y con terribles jaquecas transitorias.
En las investigaciones posteriores al atentado de Stauffenberg, varios de los detenidos implicaron de forma ambigua a Rommel. Speidel, su jefe de Estado Mayor, fue interrogado por la Gestapo. Declaró que cuando se enteró del plan para atentar contra Hitler, lo puso en conocimiento de su superior directo: Rommel. El Generalfeldmarschall quedó así en muy mala posición: o bien estaba abiertamente a favor del atentado o había omitido informar de ello. Ambos supuestos eran igual de graves en el Tercer Reich. Además, Von Stauffenberg había sido ayudante en el Cuartel General del Afrikakorps, cerrando el cerco en torno al Zorro del Desierto. Martin Bormann, que mantenía una especial animadversión mutua con Rommel, se encargó de recopilar las declaraciones contra el Generalfeldmarschall para lograr inculparle.
Lucie-Marie Rommel siempre defendió que su marido no estaba implicado en el atentado de Stauffenberg. El propio Rommel le escribió, convaleciente, alegrándose de que Hitler sobreviviese al atentado. Es indudable que, ante el panorama de segura derrota, algunos altos jerarcas nazis como Martin Bormann y Hermann Göring querían quitarse de en medio a Rommel. La hipótesis más plausible es que ofreciesen a Speidel denunciar a su superior a cambio de salvar la vida, pues no hay que obviar que Speidel fue el único conspirador confeso que no fue ejecutado.
Sea como fuere, los hechos posteriores a la implicación del Zorro del Desierto son bien conocidos.
Capilla ardiente de Erwin RommelRommel hacía ya meses que aseguraba saber que sus enemigos en el Alto Estado Mayor confabulaban en su contra a oídos de Hitler, pero según declararon posteriormente sus allegados, no empezó a sospechar que se le pretendía inculpar en algo mucho más serio hasta que Speidel fue detenido por la Gestapo el 7 de septiembre. Desde entonces, comenzó a salir a sus paseos diarios llevando su pistola de servicio en el bolsillo, y en uno de esos mismos paseos con Manfred le hizo fijarse en dos hombres de uniforme que les observaban desde lejos. Se encontraba desde su convalecencia en su casa de Herrlingen, junto a su familia, el capitán Aldinger y un ordenanza. Se le retiró la vigilancia por órdenes superiores, lo que empezó a hacerle sospechar.
Rommel, en un delicado estado de salud tras su operación, realizó diversos intentos de liberar a Speidel. El 7 de octubre Wilhelm Keitel telefoneó a Herrligen ordenando a Rommel que acudiera el día 10 a Berlín para "una entrevista sobre su futuro". Rommel se negó, alegando no tener permiso médico. Comunicó a su hijo y a Aldinger que no creía que se le permitiera llegar vivo a Berlín en caso de emprender tal viaje. El 13 de octubre recibió una llamada del Cuartel General Central avisándole de que al día siguiente recibiría la visita de los generales Wilhelm Burgdorf y Ernst Maisel, del Estado Mayor General. Ambos se presentaron exactamente a las doce del 14 de octubre, en un coche oficial de la Wehrmacht conducido por un chófer con uniforme de la SS.
Rommel le pidió a Aldinger que tuviera a punto la carpeta con los papeles: sospechaba que pensaban acusarle de negligencia de algún tipo, de modo que desde que empezó el desembarco había estado acumulando documentación sobre todas las órdenes e informes que había enviado y recibido. Aproximadamente una hora después Maisel salió de la habitación, seguido tras unos minutos por Burgdorf, y ambos fueron a esperar junto al coche. Rommel subió directamente al piso superior y entró en la habitación de su esposa, donde conversó con ella unos minutos. La mujer de Rommel narra que al entrar, su marido le declaró lo siguiente tras mirarla durante un rato en silencio:
"Vengo a decirte adiós. Dentro de un cuarto de hora estaré muerto. Sospechan que tomé parte en el intento de asesinar a Hitler. Al parecer, mi nombre estaba en una lista hecha por Goerdeler en la que se me consideraba futuro presidente del Reich. Jamás he visto a Goerdeler. Ellos dicen que Von Stülpnagel, Speidel y Von Hofacker me han denunciado. Es el mismo método que emplean siempre. Les he contestado que no creía lo que decían, que tenía que ser mentira. El Führer me da a elegir entre el veneno o ser juzgado por el tribunal popular".
Tras despedirse de su esposa, bajó a hablar con Aldinger y su hijo y les dijo lo mismo. Según narraron ambos, Rommel se mostraba cada vez más decidido a medida que descartaba, con una calma absoluta, una por una todas las demás posibilidades. Aunque afirmaba ser inocente, no contaba con salir con vida en caso de enfrentarse a un juicio. El teléfono estaba cortado, con lo que no cabía pedir auxilio. Las calles estaban cortadas por patrullas de la SS y todo el armamento con que contaba eran las pistolas de Rommel y Aldinger.
Entendió que el asunto debía mantenerse en secreto para hacer posible la seguridad de sus allegados. Ya tomada su decisión, se despidió de todos, tomó su gorra y su bastón de mariscal y subió al coche donde le esperaban Burgdorf y Maisel. Según declararon posteriormente Maisel y Dose, el chófer, se dirigieron por la carretera en dirección a Ulm durante unos minutos. Luego Burgdorf ordenó parar en el arcén y salir ambos a caminar por la carretera, alejándose del coche, mientras él se quedaba dentro con el mariscal. Al cabo de unos minutos Burgdorf salió también y les llamó. Al acercarse, declararon haber visto a Rommel encorvado y tendido en el asiento trasero, con la gorra y el bastón de mariscal en el suelo del vehículo, en los últimos estertores de su agonía. Media hora después de su marcha, Aldinger recibió una llamada notificándole que Rommel había sufrido un derrame cerebral que le causó la muerte. El cuerpo fue llevado al hospital de Ulm, donde se prohibió terminantemente que se realizara la autopsia requerida por la ley. Tras el velatorio, el cadáver fue incinerado y las cenizas enterradas en Herrlingen tras un funeral de Estado el 18 de octubre y la declaración de un día de luto nacional.
***




















